Me compré un cordón para las gafas harto de ir dando tientos por las mesas como un ciego en un tiroteo. La idea era brillante: tenerlas siempre a mano, colgadas al pecho, como un señor ordenado. Pues bien, hace unas semanas me tiré media hora de reloj buscando el dichoso cordón para poder colgarme las gafas y no perderlas. Es el colmo del absurdo. Estuve a punto de sentarme en el suelo a esperar que la casa me devolviera la dignidad, porque perder el método que habías comprado precisamente para no perder cosas es para que te retiren el carné de adulto y te den uno de preescolar. Lo encontré dentro de la funda de las propias gafas, que es como esconder las llaves del coche dentro del coche. Una obra maestra.
Lo de mis gafas ya es un caso de estudio. Hay días que me pongo a buscarlas como un loco, mirando debajo de los cojines y abriendo cajones. Me cruzo con el espejo del pasillo y ahí están: puestas en mi cara, sujetas a mi nariz, mirándome con la misma sorna que el reflejo. Pero lo peor es cuando la confusión te pilla en público. Hace unos meses, en misa, el sacerdote me hace una seña para que suba a leer una lectura. Subo con toda mi voluntad, echo mano al bolsillo, me encasqueto las gafas y, de repente, se me para el corazón. No veo nada. El texto ha desaparecido en una mancha negra. Me entró un sudor frío pensando que me estaba quedando ciego delante de toda la parroquia. Y no: es que con los nervios me había puesto las de sol. Allí estaba yo, en el ambón, con la pose de un cantante de boleros y varias personas mirándome con esa cara que mezcla preocupación y ganas de reírse.
Mi casa es un agujero negro. No hay lógica humana que explique lo de la cartera o las llaves. Tú sabes que están ahí, pero te las quitas un segundo y han decidido emigrar. Con el móvil igual: buscándolo con la linterna del propio móvil, que es el grado máximo de derrota intelectual. O el mando de la tele, que aparece justo cuando ya habías aceptado vivir sin él. Asoma por una esquina del sofá donde habías metido la mano veinte veces y no había nada.
Y está el de entrar en una habitación y quedarme plantado sin la menor idea de a qué venía. La única cura es volver atrás, por si pisando la misma baldosa se me reinicia la memoria, como a un router viejo.
Lo de los calcetines ya es vicio. Entran dos a la lavadora y sale uno, el soltero de oro, mirando con cara de circunstancias. Le tengo ya cariño y todo, al pobre, esperando a una pareja que no piensa volver. Sospecho que forman parte de un plan de fuga organizado y que hay un cementerio de calcetines izquierdos en algún lugar del espacio-tiempo. Como las tapas de los tuppers: tienes el cajón lleno de botes de plástico, pero la tapa que necesitas ha desaparecido de la faz de la tierra. Cuarenta botes y cuarenta tapas, y ninguno encaja. Es matemáticamente imposible, pero ahí está, riéndose de Pitágoras.
He acabado por aceptarlo: en mi propia casa mando menos que el mando de la tele, y eso que el mando no aparece nunca. Aquí deciden las gafas, los calcetines y las llaves, turnándose para dejarme con cara de pasmado. Como abra una agencia de detectives en mi propio salón, seré el único cliente. Y conociéndome, no pienso resolver el caso.
A pesar de todo... ¡qué bonita es la vida!
Al menos lo tomas con humor. Un beso
ResponderEliminarEl día que te las pongas , te
ResponderEliminarlas quitas a la noche, antes
de dormír😂, saludo.
Tenía un compañero de trabajo que siempre le preguntaba a otro más joven cosillas relacionadas con asuntos de informática y éste último, en vista de que casi siempre eran sobre los mismos asuntos le decía que por qué no lo apuntaba, a lo que el otro contestaba: Al principio lo apuntaba, pero después no encontraba el papel donde había anotado tus aclaraciones, así que he dejado de hacerlo y te pregunto directamente.
ResponderEliminarAngelo querido, todo este olvido, ésta distracción, es el corolario de tu meditación de la rutina y si me pongo a hilar fino, calza con el evangelio de hoy. Vivimos a mil. Hay cansancios que no se notan por fuera. Una persona puede seguir trabajando, sonriendo, cumpliendo con lo de cada día, y sin embargo llevar dentro una especie de inmovilidad: culpa, tristeza, heridas antiguas, miedo a volver a empezar.
ResponderEliminar"Vivo en el número siete Calle Melancolía. Quiero mudarme hace años al barrio de la alegría pero siempre que lo intento ha salido ya el tranvía y en la escalera me siento a silbar mi melodía" (Joaquin Sabina, Calle Melancolia)
"No hay peor cosa que la que no se intenta" decía mi abogado.