Estaba en la cola del supermercado, tercer puesto, y el hombre de delante resopló. Luego miró el móvil. Luego volvió a resoplar. Tres minutos. Eso era lo que llevábamos esperando, y aquel hombre ya estaba al límite de sus fuerzas. Me reí por dentro. Y después me pregunté cuántas veces soy yo ese hombre.
Porque no es una anécdota suelta. Es algo que se ha ido metiendo en lo cotidiano poco a poco. Lo tenemos todo montado para no esperar, no aburrirnos, no rozar nada que incomode. Streaming sin cortes, entrega en veinticuatro horas, respuesta al instante, dolor con anestesia, duelo con pastilla, silencio con ruido de fondo. Hemos construido una forma de vivir sobre la idea de que todo debería ser llevadero. Y por el camino hemos perdido algo.
Lo veo en las cosas pequeñas. La conversación que se corta en cuanto se pone tensa. El libro que se deja cuando deja de entretener. La relación que se abandona porque ya no es como antes, como si lo que vale la pena no atravesara temporadas malas. El silencio que llenamos sin pensar, porque aguantarlo se ha vuelto incómodo enseguida. Hasta esperar el autobús nos parece una pequeña injusticia, y sacamos el móvil para que esos dos minutos no nos toquen. Todo se interrumpe antes de tiempo, como un reflejo, siempre hacia lo que no molesta.
Y lo veo también en las grandes. En cómo vivimos la enfermedad, la pérdida, la duda, el fracaso. Con prisa. Con esa urgencia por salir de ahí cuanto antes, por oír que ya está, que ya pasó, que ya podemos volver a estar bien. Como si estar mal fuera una avería que reparar y no una parte de la vida.
Yo he estado en sitios donde no había salida rápida, donde no quedaba otra que aguantar. Y no hablo de buscar el sufrimiento ni de ir por la vida presumiendo de heridas, porque bastante absurdo sería eso. Hablo de esos momentos en los que te gustaría estar en cualquier otra parte, pero no puedes. Así que sigues. Te levantas, haces lo que toca, pasas el día como puedes y al siguiente vuelves a empezar. Casi siempre sin que nadie se entere.
El matrimonio es de los sitios donde más se nota. No el de los primeros meses, cuando todo viene rodado, sino el que ya lleva años encima. El que pasa por etapas en las que el otro te resulta casi un desconocido, en las que no hay chispa ni ganas, solo costumbre y un montón de cosas pendientes. Quedarse ahí, sin dar un portazo, esperar a que vuelva lo que parecía perdido, eso no sale en ninguna canción. Pero es justo lo que sostiene una vida en común. Lo fácil es marcharse en cuanto deja de apetecer. Lo difícil, y lo que de verdad construye algo, es seguir cuando no apetece nada.
Con los hijos pasa igual. En los días buenos y en los días en los que uno no tiene paciencia ni ganas, y aun así toca estar. La paciencia, por cierto, es de las primeras cosas que hemos ido perdiendo. Antes se criaba a fuego lento, sin tantas prisas por que el niño durmiera ya, hablara ya, fuera autónomo ya. Hoy queremos resultados rápidos también ahí, como si educar fuera un proceso que se pudiera acelerar. Y no. La fe, al menos la mía, tampoco se acelera: seguir cuando no apetece, cuando no se siente nada, cuando la duda pesa y no hay respuestas.
Y luego está la amistad, que es donde más claro lo veo. La amistad que vale algo no es la de los buenos ratos, la de las cenas y las risas. Es la que aguanta una verdad incómoda sin ofenderse, la que soporta un silencio largo sin salir corriendo, la que sigue ahí después de un mal momento, de una discusión, de unos meses sin hablarse. Los amigos de verdad se cuentan con los dedos de una mano precisamente por eso, porque casi nadie aguanta la parte fea. Es comodísimo rodearse de gente mientras todo va bien y desaparecer en cuanto hay roce. Pero el que se queda cuando la cosa se tuerce, ese vale más que cien contactos en el móvil. Todo lo que merece la pena tiene fricción. Y a lo mejor lo que nos falta no es tiempo ni herramientas, sino aguante para sostener esa fricción en vez de escapar en cuanto aparece.
No sé si esto tiene arreglo a gran escala. Probablemente no, o al menos no está en mi mano. Pero sí me pregunto qué pasa dentro de una persona, dentro de mí, cuando siempre elijo lo fácil, lo rápido, lo que no molesta. Qué se atrofia. Qué deja de crecer. Qué conversaciones no tengo, qué duelos no hago, qué me pierdo por no quedarme el tiempo suficiente. Y sobre todo, en qué tipo de persona me voy convirtiendo sin darme cuenta.
A lo mejor no es que todo sea más difícil ahora. A lo mejor somos nosotros, que aguantamos menos de lo que creemos.
Una sociedad que siempre quiere más y nunca sabe parar. Eddie Vedder lo vio venir.
Sobre amistad no puedo hablar pero sobre matrimonio e hijos ha habido de todo. Yo no miro el móvil cuando salgo de casa. Un beso
ResponderEliminarMe consuela saber que hay gente que no ha perdido la calma, que sabe estar donde está sin necesidad de escaparse a ninguna parte. Un beso grande, Susana.
EliminarSe supone que es cosa de
ResponderEliminarla sociedad actual, aunque
media culpa es nuestra, por
no mantener algunas
costumbres, saludo.
Lo cómodo es echarle la culpa a la época, que además ni se queja. Pero yo prefiero pensar que algo sí está en nuestra mano, aunque sea poco: mantener un par de costumbres, no dejar caer del todo lo que nos sostenía.Es por donde se puede empezar. Y empezar, aunque sea despacio, ya es algo. Un abrazo, Orlando.
EliminarMaybe he was in a hurry to get somewhere? I often had a situation that I miss my bus because the line in the shop was too long and I did not get to the bus stop on time, sadly. It is mucho frustrating, especially when it was someone stalling in the line in front instead of being considerate to the other customers. It especially happens with older people, who have all the time in the world and do not care about others, grannies especially in my experience LOL
ResponderEliminarI agree with the rest of the article, you put it all nicely, we do tend to give up easily on stuff especially in today's age when patience is very rare among people.
Old folks going at their own pace is just how it is, and honestly it doesn't bother me all that much. I'll admit they do get on my nerves now and then, no sense pretending otherwise, and in the heat of the moment I lose my patience completely. But then I remember they put in plenty of years rushing around themselves, and now they've earned the right to take it slow, and I even feel a little ashamed for having let it get to me. The trouble isn't that they're slow, it's that the rest of us go around with the clock breathing down our necks, and anyone who stops for half a second feels like they're in our way. Maybe we're moving too fast for the little we actually get out of it. A big hug, Dezmond.
EliminarConvivimos con dos voces: una nos invita a la calma; la otra nos pone a prueba. Ambas forman parte de nosotros. La sabiduría no consiste en silenciar ninguna, sino en reconocerlas y decidir, con conciencia, cuál merece guiar nuestros pasos.
ResponderEliminarNo somos solo luz ni solo sombra. Somos la suma de nuestras contradicciones, de nuestras dudas y de las elecciones que hacemos cada día. Y quizá sea precisamente ahí, en ese delicado equilibrio, donde habita nuestra verdadera humanidad.
La felicidad no siempre llega con grandes cambios. Muchas veces aparece en cosas simples: una conversación tranquila, una tarde sin apuro, una decisión que te deja respirar mejor.
También vive en cómo atraviesas el día. En bajar un poco el ruido. En no exigirte tanto. En elegir con más calma lo que sí te hace bien.
No se trata de tener una vida perfecta. Se trata de ir encontrando momentos que sí se sientan en paz.
Mi abuela decía: "La prisa no deja ver lo bonito". Y algo de razón tenía.
Un abrazo cargado de paciencia
Toñi, tu abuela sabía lo que decía y esa frase debería estar colgada en la puerta de más de una nevera. Vivimos en una sociedad que ha convertido la prisa en virtud, como si parar fuera de flojos y correr fuera de listos. Nos han vendido que los ratos pequeños, la tarde sin reloj, la charla sin apuro, son tiempo perdido, cuando son justo lo contrario. Y así andamos, gente que lo tiene todo menos un momento de paz, incapaz de permitirse lo sencillo sin sentir que se está quedando atrás.Un abrazo grande, y gracias por venir siempre con tu paz y serenidad.
EliminarCòmo lo sabes Angel! Vivimos la cultura de la inmediatez, todo rápido… con muy poca paciencia.. Dicen que hasta para publicar algo en redes sociales, no debe durar más de 15 segundos porque es el tiempo calculado para que un consumidor vea tu publicación. Y al final, desgraciadamente, nos vamos contagiando todos a esa falta de paciencia.
ResponderEliminarEn fin, habrá que nadar contracorriente, difícil, pero al menos intentarlo.
Gracias Angel por esta reflexión que una vez más, interpela!, Un abrazo!
Nos han medido hasta la atención con cronómetro, y uno acaba tragando por el mismo aro sin darse cuenta. Nadar a contracorriente cansa, no te voy a engañar, y hay días que uno se deja llevar por la corriente como todos. Pero de vez en cuando conviene plantarse, aunque sea para recordar que no somos un número esperando a que le calculen el tiempo de permanencia. Con intentarlo ya se gana algo, aunque sea perder de vez en cuando. Un abrazo grande, Paula.
EliminarThank you for sharing this, Angelo. I agree with Paula! Back in the late 50's and 60's when I was growing up (I was born in 1956), waiting in line was common and nobody complained. Today, my goodness, people just don't want to wait and they do not know how to be patient. Technology may have something to do with it, but still, I think it is good to step back and relax! Waiting isn't as bad when you have the right attitude and patience.
ResponderEliminarLinda, someone who has lived through both eras carries a weight of authority on this that the rest of us simply don't have. I don't go back as far as those years, but I trust your memory more than any study on the subject. What you say about attitude is the whole key, because the waiting itself hasn't changed, what's changed is how we live it on the inside. People used to put up with it without any fuss, and today it feels like a punishment, yet the clock ticks exactly the same as it did back then. Let's hope we can learn from those who knew how to wait without getting worked up. A big hug, Linda, and thank you for bringing your experience here.
EliminarYa se sabe: Dios nos de' paciencia. Besos
ResponderEliminarTendremos que pedirla insistentemente. Como decía Santa Teresa, la paciencia todo lo alcanza. Besos
EliminarQué cierto es.
ResponderEliminarY yo no me salvo... qué va... cada día soy más impaciente.
Para empezar en las colas...uffffffffffff, no las soporto y como vaya delante algún "pasmao" Terremoto Crazy empieza a adueñarse de mi cuerpo.
También influye mi carácter. A mí no me gusta aplazar las cosas... un ejemplo, si tenía que hacer un trabajo en el colegio para presentar en un mes... yo tenía que hacerlo ya, y en mi trabajo lo mismo, soy todo lo contrario a la lentitud, al ya lo haré un día... uffffffff, no puedo con ese tipo de personas.
Y a ver, si estoy en una cola pero todos son diligentes la aguanto sin problemas... pero cuando no es así, malo...
Y en general en todo, me he quedado sin paciencia, tengo el depósito de paciencia a cero, es que quizá por eso prefiero no ver a nadie, porque es fácil que en cualquier conversación o discusión me harte enseguida, y no porque yo sepa la verdad de todo, que no la sé, pero ni la sé yo ni la saben los otros, y total para perder el tiempo prefiero jugar a ajedrez on line, con tiempo tasado, y el que va lento o poco diligente normalmente acaba perdiendo la partida.
Saludos.
Nos pasa a muchos, no te creas que estás solo en esto. Yo ando en una etapa en la que me replanteo bastantes cosas, actitudes, manías, no sé si por la edad o por lo que sea. Y casi siempre encuentro algo que puedo mejorar. Me da una pereza tremenda, no te voy a mentir, pero luego tiro para adelante y lo hago. De todo se saca una lección, hasta de un rato de mala espera en una cola. A veces lo que parece que solo sirve para amargarte el día, si te paras un momento, te está enseñando algo de ti mismo. Un abrazo grande, Xavi.
EliminarDe mis aforismos N° 153 - la persona que vive el valor de la paciencia, posee la sensibilidad para afrontar las contrariedades conservando la calma y el equilibrio interior, logrando comprender mejor la naturaleza de las circunstancias generando paz y armonía a su alrededor. La paciencia como virtud, consiste en soportar con fortaleza los contratiempos o las dificultades que se nos presentan sin lamentarse o quejarse. Lao Tsé, filósofo chino decía: "Ten paciencia. Espera hasta que el barro se asiente y el agua esté clara. Permanece inmóvil hasta que la acción correcta surja por sí misma" Del dicho al hecho... Un abrazo
ResponderEliminarAguantar de verdad, en el momento justo, ahí ya no hay frase que valga. Esto no se aprende leyendo ni escribiendo, se aprende tragando, que es bastante más incómodo. Y aun así seguimos poniéndolo por escrito, a ver si de tanto repetirlo se nos pega algo. Un abrazo grande, Claudio.
EliminarLa paciencia se ha perdido! Y los adelantos tienen mucho que ver, se inventan cosas para no perder el tiempo, hacer una fila ya es tortura cuando antes era normal, la vida nos lleva en aviones, tener un proyecto de familia ya no existe, se forman y deforman parejas aún habiendo hijos, se necesita templanza para remar a contracorriente, un abrazo Angelo!
ResponderEliminarAntes se apretaban los dientes y se seguía, para bien y a veces para mal. Ahora al primer bache se tira la toalla. No sé si éramos más fuertes o simplemente no nos dejaban otra salida. Un abrazo grande, María Cristina.
EliminarNo es solo que falte paciencia en general, Angelo. Es que vivimos en una sociedad estresada, un mundo estresado donde los pocos que respiran paz sean vistos como raros. Un abrazo.
ResponderEliminarVamos tan acelerados que hemos puesto el mundo del revés, y ahora el equilibrado parece el bicho raro y el que va a mil el sensato. Yo quisiera ser de los que respiran en paz. Lo has dicho muy bien en pocas palabras, llevas toda la razón. Otro abrazo para ti.
EliminarÁngelo, en este texto pones el foco en algo que todos reconocemos: hemos perdido aguante. Lo cuentas desde una escena mínima, tres minutos de espera en una cola, y desde ahí abres una reflexión que toca la vida cotidiana, las relaciones, la fe, la amistad y la forma en que enfrentamos lo difícil. Dices que vivimos con prisa, que evitamos la fricción, que abandonamos antes de tiempo y que confundimos estar mal con estar averiados. Nombras el matrimonio, la crianza, la enfermedad, la duda, el fracaso, y lo haces con claridad: lo que sostiene de verdad una vida en común es quedarse cuando no apetece, seguir cuando pesa, esperar cuando no hay chispa, aguantar cuando no hay salida rápida. También recuerdas que la amistad que vale es la que soporta silencios, verdades incómodas y temporadas malas. Tu reflexión es directa, honesta y muy humana: no se trata de buscar el sufrimiento, sino de no huir siempre de él.
ResponderEliminarUn fuerte abrazo, Ángelo.
Te confieso una cosa. De todo lo que cuento en el post, lo que peor llevo es lo más pequeño, la espera tonta de tres minutos en una cola. Lo gordo te obliga a aguantar, no te queda otra. Pero saltar por una nadería, eso lo elijo yo cada día sin que nadie me empuje, y ahí ya no hay disculpa que valga.Ya me vas conociendo con las veces que me lees y tu participación en mis reflexiones. Cuidate , un abrazo
EliminarPor eso aprecio estas instancias, estos placeres lentos y pausados como leer un blog, o tomarse el tiempo de escribirlo, me gusta hecho a fuego lento.
ResponderEliminarAmí me pasa igual, y me da hasta reparo reconocerlo. Sentarme a darle vueltas a un texto, sin que nadie me meta prisa, es de lo poco que todavía hago despacio, y me lo tengo que conceder a propósito, porque si no me entra la sensación de estar perdiendo el tiempo. Menos mal que por aquí nos juntamos unos cuantos que seguimos disfrutando de lo pausado. Un abrazo grande Marcos
EliminarTienes toda la razón del mundo, amigo.
ResponderEliminarYo intento mantener la calma, pero en estos tiempos es complicado. Todo va como muy precipitado.
Y de los libros, de acuerdo... Cuando se me vuelven insufribles, dejo de leerlos. Ya no soy capaz de leer cuando tengo la sensacion de que, simplemente, estoy perdiendo el tiempo.
Un saludo.
Ni me imagino las temperaturas que tendrás por esa tierra tan querida para mí. A la fuerza nos obligan a tomarnos las cosas con mucha calma , ni libros, ni na de na, botijo fresco, aire acondicionado y a descansar. Un abrazo
EliminarEl compromiso con la vida, con los cercanos, incluso con la gente a la que no conocemos, requiere de esos instantes de paciencia que para algunos parecen un mundo. Veremos cuando les toque a ellos requerir la de los demás, claro que muchas veces, esos mismos que ahora la necesitan para ellos, nunca la tuvieron para con los demás.
ResponderEliminarLo malo es que cuando caes en la cuenta suele ser tarde, ya con la necesidad encima. Ojalá lo pensáramos antes, cuando todavía nos toca dar y no pedir. Un abrazo grande, Trecce.
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