Hubo una época, no tan lejana, en que invitar a unos amigos a cenar era un plan sencillo. Comprabas vino de más, decidías entre carne o pescado, y como mucho te preocupaba que a alguien no le gustara el ajo. Esos días se acabaron. Hoy reunir a seis personas en tu salón exige nociones de bioquímica, un par de llamadas previas para cruzar historiales médicos y un menú tan personalizado que parece salido de un laboratorio.
Y que conste, que esto lo digo muy en serio: hay intolerancias que no son ninguna broma. El celíaco lo pasa mal, la lactosa le amarga la vida a mucha gente, y una alergia a los frutos secos, o a lo que sea, no es una manía ni un capricho: es algo que en cuestión de minutos te manda a urgencias. Ahí no sobra nadie, ni hay una que valga menos que otra. Con quien lo sufre me adapto sin rechistar, faltaría más. El problema no son ellos. El problema es la moda que se les ha pegado encima a los que copian el gesto sin tener la dolencia.
Porque en todo grupo de amigos ha aparecido el intolerante autodiagnosticado. Tengo una amiga así, de esas que ante cualquier molestia abre el móvil y le pregunta a la inteligencia artificial qué le pasa. Ya os hablé de este asunto en su día, cuando os conté lo del celiaco de madrugada, ese que tras una noche de foros decide que el gluten es su enemigo mortal. Pues mi amiga es la versión actualizada: ya no busca en Google, ahora le pregunta directamente al chatbot. Un día le picó la garganta y salió de la consulta digital convencida de que el trigo le hincha. Sin médico, sin análisis, pero con una captura de pantalla que lo demostraba. Ahora solo come pan de espelta recolectada a mano por monjes en una ladera del Tíbet. No le ha mandado nadie dejar el gluten. Lo ha decidido ella, igual que decidió hacer crossfit y leer sobre criptomonedas. Es una personalidad, no una dolencia.
Luego está la cruzada contra la leche. Pedir un café con leche normal se ha vuelto casi un acto de rebeldía. Lo fino ahora es la de avena, la de soja, la de almendra o la de arroz, que en el fondo consisten en aguar un cereal y cobrártelo como si fuera oro líquido. Y todo dicho con una seguridad que impone, como si la vaca fuera un invento reciente del que aún no nos fiamos.
Pero el espectáculo de verdad llega en el restaurante. Llega el camarero con la libreta y arranca el interrogatorio. «¿La salsa lleva trazas de frutos secos? Es que me salen eccemas.» «A mí el tomate no me lo pongas, que me da acidez.» «¿El aceite es virgen extra o refinado? Porque el refinado me altera el tránsito.» El pobre hombre apunta como puede, y al final piden lo de siempre: pechuga a la plancha sin sal y agua del grifo, no vaya a ser.
Lo bueno viene cuando los invitas a casa. Has cocinado tú, sabiendo de sus mil avisos, así que le tienes preparado su plato aparte, sin gluten, sin lactosa y sin alegría. Pero entonces ocurre el milagro. Sacas la fuente del guiso de toda la vida, ese humea, el olor llena la cocina, y ese mismo que por teléfono te recitó su historial médico completo mira su versión descafeinada, mira el plato de los demás, y suelta el clásico: «bueno, por un día no pasa nada». Aparta lo suyo y se sirve del bueno, rebañando con pan, que tampoco era tan intolerante al gluten.
Lo gracioso llega el sábado. Esa misma persona que miraba un gajo de naranja como si fuera un cartucho de dinamita se mete tres gin-tonics premium sin que el cuerpo proteste lo más mínimo. Por lo visto el alcohol no tiene trazas de nada. La ginebra entra limpia, pura, transparente. Es la fructosa la sospechosa.
Nos hemos vuelto delicados de una forma que asusta. Nos han convencido de que comer lo de siempre, lo que comían nuestros abuelos hasta los noventa años, es poco menos que envenenarse. Analizamos cada plato buscando alérgenos invisibles mientras nos llenamos de suplementos, cápsulas y batidos verdes que huelen a césped recién cortado. Y nos quedamos tan anchos.
Yo no pido mucho. Solo que, cuando alguien tenga una intolerancia real, la respetemos y nos adaptemos sin dramas. Y que el resto, los de la espelta tibetana y la leche de almendra, se relajen un poco. Una cena con amigos no debería empezar rellenando un formulario médico. Debería empezar como siempre: con el vino abierto, la comida en la mesa y la conversación subiendo de tono según avanza la noche.
Algún día inventarán una pastilla para el postureo. Mientras tanto, me conformo con poder ofrecer pan sin que nadie me mire como si le tendiera una granada.
Weird Al ya lo cantaba hace cuarenta años: al final, lo que toca es sentarse y comer.
There are people who do not like garlic? Who are these monsters? LOL
ResponderEliminarYou would have some serious "fun" cooking dinner for me, Angelito, since I am a glufree sugarfree dairyfree vegetarian LOOOOL
The truth is, my dear, these intolerances to certain foods always existed but the world was not catering to those people, now the world tries to be more inclusive and this is why you suddenly notice all the food intolerances. They were always here, but people were forced to suffer and stay quiet to please the all eating majority. So, please be tolerant, it is very difficult living with intolerances to foods, we don't need people hating for it as well or considering it a whim or a trend.
And our grandparents did not live till 90, most of them died in the 70s or early 80s, and most were suffering from heart and circulation problems and getting strokes, or they became invalids and their kids had to take care of them till death, that was all thanks to old diet, now people live much longer, you are young in your 60s still.
Green smoothies have cured many a person from cancer, so I would not joke with that one either, it is not maybe for you and me, but many people have changed their lives drinking smoothies, just as I have changed mine by going glufree and sugarfree. Of course, if I came to your dinner, I will not die if you offer me some lovely bread or chocolate cake, it is just one evening, but then again I am not celiac.
Look, for you I’d cook the whole dinner, and I’d enjoy doing it too. One thing is poking fun at a trend; quite another is sitting a friend at my table and making him feel like a nuisance. Perish the thought.
EliminarI agree with you on about 95%, and on the part that matters, that is almost everything. The post says it plainly: when someone genuinely has a hard time with food, I respect that and adapt without making a song and dance about it. They are not the problem. And of course, I’m not taking aim at anyone who does it for a real reason, whether it is health, diet, looking after their skin, or whatever else they are dealing with. If there is a reason behind it, fair enough.
My teasing is aimed somewhere else: at the person who, on some ordinary Tuesday, with no doctor, no tests and no reason at all, wakes up convinced that a certain food is now their sworn enemy and treats something serious as if they have just joined the latest fashion. That is where I laugh: at the performance, not at the person who really has to take care of themselves.
And you are right, these things have always existed. In the past, if something disagreed with someone, they often just put up with it and kept quiet so as not to make a fuss. The fact that the world now takes a bit more care of those people seems to me like progress, not an inconvenience.
On the grandparents point, I would fine-tune one thing rather than disagree with you. We do live longer and better now, yes, but we owe that mostly to medicine, antibiotics, vaccines, hygiene, and the fact that children no longer die the way they used to. The stew, the olive oil and the long family table were not the villains there. In fact, our Mediterranean diet is one of the ones most associated with living a long life. So yes, I completely agree with you that we live longer. I would only change the reason.
And let me be clear: I am not against anything that helps someone’s health, whether it is a shake, a change of habits, or whatever works for them. If giving up gluten or sugar has changed someone’s life, then good for them. I have nothing to say against that.
What I have experienced myself, and that is why the post comes out half joking and half lesson learned, is buying special things for someone, looking for them, paying more for them, having everything ready with real enthusiasm, and then seeing those things end up in the bin because the person did not even want them. That stings a bit, admit it.
So no, no whimsy on my part. Quite the opposite: you have completed the argument better than I did. I’m sending you a big hug today, along with a nice cold glass of Valencian horchata. If you haven’t tried it yet, consider yourself invited.
Tienes razón, hay una epidemia. No en informes médicos, pero sí en cualquier sobremesa:
ResponderEliminarla alergia autodiagnosticada. Porque claro porque no todo debe sonar clínico, porque el gusto personalya no es suficiente necesita el prestigio de un diagnostico, lo curioso digo yo es que el cuerpo tiene una capacidad extraordinaria para distinguir entre lo que decidimos que nos hace "mal" y los antojos que al parecer no causan ningún sintoma adverso...
Lo que se ha perdido es el derecho a decir "esto no me gusta" y quedarse tan tranquilo. Antes torcías el morro y apartabas el plato. Ahora hace falta una etiqueta que le dé caché al capricho, porque "no me apetece" suena a poco y "me sienta fatal" suena a mártir. Un abrazo, Marcos.
Eliminar"Una cena con amigos no debería empezar rellenando un formulario médico. Debería empezar como siempre: con el vino abierto, la comida en la mesa y la conversación subiendo de tono según avanza la noche."! :) Deus caritas est!
ResponderEliminarPues brindo con usted, que "Dios es amor" y la sobremesa también, sobre todo cuando el vino está abierto y nadie ha sacado el formulario médico. Bienvenido a la mesa.
EliminarÁngelo, en esta Cena de alto riesgo vuelves a desplegar ese humor tuyo que observa la vida moderna con precisión quirúrgica. Cuentas cómo algo tan sencillo como invitar a unos amigos a cenar se ha convertido en una operación de alto riesgo, donde antes bastaba con elegir vino y decidir entre carne o pescado, y ahora parece que hay que estudiar bioquímica para no cometer un sacrilegio alimentario. Dices que las intolerancias reales merecen todo el respeto, y lo afirmas con claridad, pero señalas también esa moda del autodiagnóstico que convierte cualquier molestia en una cruzada personal. La amiga que consulta al chatbot, el pan tibetano, la leche convertida en símbolo de rebeldía, todo lo narras con una ironía que nunca hiere, solo ilumina. Y rematas con esa escena perfecta: el invitado que exige menú especial y luego, ante el guiso humeante, declara que “por un día no pasa nada” mientras rebaña con pan. Tu texto es una radiografía divertida y certera de cómo nos hemos vuelto delicados hasta el absurdo, olvidando que una cena entre amigos debería empezar con el vino abierto y la conversación creciendo, no con un formulario médico.
ResponderEliminarUn fuerte abrazo, Ángelo.