Me hablan en alemán… y no saben dónde se meten
Hace más de diez años hablé de mis orígenes por aquí, pero hoy me apetecía contarlo de otra manera.
Yo en verano no me pongo moreno, me pongo malo.Y con una pinta que ha despistado a más de uno a lo largo de mi vida.
Me ha pasado muchas veces. Entro en una tienda de recuerdos, pido algo en un aeropuerto o me acerco a cualquier mostrador de zona turística en España, y la persona que tengo delante, tras mirarme un segundo, suelta con toda naturalidad: "¿Deutsch o English?". Ya casi lo espero. Y respondo lo mismo de siempre: ‘Cordobés’. Y ahí ya se les cae el guion. A veces también un silencio breve, como si les hubiera dado un vahío y se quedan descolocaos.
No soy precisamente el retrato que muchos imaginan al pensar en un cordobés. Pero la explicación existe, y viene de lejos. Nací en San Sebastián de los Ballesteros, un pequeño pueblo de Córdoba al que mucha gente llama directamente los alemanes. Y no es un apodo con ironía, es una descripción. Su historia arranca con aquellos colonos centroeuropeos que llegaron en tiempos de Carlos III, se instalaron en la campiña y, por lo que se ve, se encontraron a gusto.
Basta con pasear por el pueblo para notarlo. Cuando yo era pequeño la cosa era bastante evidente: rubio no era raro, era lo normal. Pero con los años, los cruces y las bodas con gente de otras regiones, todo se ha ido mezclando. Mi mujer es morena morena, y aun así la mayoría de mis hijos han salido con ojos verdes y rubios. Con los nietos ya la genética empieza a negociar: solo alguno sigue la tradición. Dos siglos y medio aguantando, pero todo tiene un límite.
También quedaron apellidos, aunque muchos han mutado con los siglos como si los hubieran pasado por un traductor automático: Camer, Sag, Finque, Mayer, Rider, Berni, Legrán, Gimber... Mi padre llevaba RIDER, y con él se apagó el último apellido claramente alemán de nuestra casa. A mí me quedó la cara. Que tampoco es poca herencia.
La cara, de hecho, tiene su propio historial. Cuando nació nuestro primer hijo salió casi como copito de nieve. Hasta a mí me sorprendió, y eso que yo soy la referencia. Mi madre, al verlo, lo dijo tranquila: "Igual de blanco que cuando tú naciste". La enfermera no compartía esa calma y fue a buscar al médico, preocupada por la palidez. El médico entró, saludó, miró al niño, y sin tocarlo, sin aparatos, sin más diagnóstico que sus propios ojos, se volvió hacia la enfermera y le dijo: "¿Pero no ves cómo es su padre?". Y se fue. La enfermera se quedó ojiplática. Claramente el día que explicaron genética no fue a clase.
El idioma no sobrevivió. Con el tiempo se perdió por completo y hoy no queda rastro de aquel alemán en la vida diaria del pueblo. Como mucho, algún eco. Un buen amigo contaba que su abuela, ya muy mayor, llamaba a las gallinas diciendo "Komm, komm, komm" en vez del clásico "pitas, pitas". Y ahí se quedó todo lo que sobrevivió del alemán.
Así que mi herencia lingüística alemana queda resumida entre esas gallinas y aquella tonadilla absurda de "suban, empujen, estrujen, bajen", que es lo más cerca que he estado de mantener una conversación en alemán. Con eso, con la cara, y con mi fama de metódico y cuadriculado, la comedia ya está servida.
A estas alturas ni me molesta ni me sorprende. Al contrario, me hace gracia. A veces la historia familiar aparece donde menos te lo esperas: en un control de embarque, en la cara de un recién nacido, en unas gallinas que entienden el alemán.
Nací en Córdoba, en San Sebastián de los Ballesteros. Esa es mi cuna y la quiero como tal. La vida me trajo pronto a Barcelona, con apenas cinco meses mis padres se vinieron aquí, y aquí ha transcurrido la mayor parte de mi vida.
Puedo despistar de lejos. Pero en cuanto abro la boca, se acabó el misterio. El acento cordobés solo asoma de vez en cuando, según con quién hable. Ni rastro de alemán, ni de nada que justifique tanta expectativa. Castellano y catalán, y además el italiano que me costó cuatro años viviendo allí. Lo justo para que al conocerme alguien suelte un "anda, hubiese jurado que eras alemán", la frase que más veces me han dicho en toda mi vida.
Un pueblo cordobés donde muchos siguen teniendo ese aire que despista
Me encantará leer tu sentir; siempre enriquecen este espacio.
Che meraviglia quando la storia familiare riaffiora nei dettagli più inattesi: un volto, un accento, perfino un ‘komm’ tra le galline.
ResponderEliminarUn caro saluto
Ah, creia, que eras
ResponderEliminarmadrileño, no está
mal esto que cuentas,
es una manera de
vacilar con cualquiera,
además, creo, al menos
cuando escribes, que no
solo dominas el español,
en Sevilla, hay un pueblo,
donde muchos, se apellidan
Japón, saludo.