Compararse pasa factura
¿Cuándo fue la última vez que celebraste algo tuyo sin que apareciera, casi de inmediato, el nombre de alguien que lo hizo mejor, antes, o con menos esfuerzo? Si tardas en recordarlo, sigue leyendo.
A mí me pasa más de lo que me gustaría reconocer. Y no me pasa en momentos de crisis existencial a las tres de la mañana, que también, sino en situaciones de lo más banales. Una comida tranquila, un café con amigos, un grupo de WhatsApp que abro sin motivo aparente. Todo normal. Todo bien. Hasta que alguien cuenta algo con esa seguridad que a mí todavía se me resiste, y sin que nadie me haya invitado a participar, ya estoy compitiendo. En silencio, eso sí. Por fuera sonrío, asiento, digo "qué bien" con una convicción razonable. Por dentro he abierto una especie de marcador mental que, curiosamente, nunca juega a mi favor.
Lo gracioso, si es que tiene gracia, es que nunca me comparo con alguien que está igual que yo. Eso sería demasiado fácil, demasiado poco estimulante para el cerebro. No. Yo voy directo a quien parece haberlo resuelto todo. El que habla de sus decisiones sin rastro de duda. El que publica el proyecto, el viaje, el logro, con la ligereza de quien no conoce el síndrome del impostor. Y yo ahí, tomando nota, como si llevara el partido perdido de antemano y nadie me hubiera avisado de que había partido.
El problema es que esa comparación es tramposa desde el principio, y lo sé, y la hago igual. De mi vida conozco absolutamente todo: las dudas que no cuento, los miedos que gestiono en privado, las veces que tardé semanas en tomar una decisión que luego resultó obvia, las contradicciones que cargo y que no saldrían bien en ninguna foto. Del otro solo veo el escaparate. No sé qué hay en el almacén. No sé cuánto le ha costado llegar hasta ahí ni qué conversaciones difíciles ha tenido consigo mismo. Y aun así coloco ambas historias en la misma balanza como si fueran equivalentes, y me sorprendo de que no salgan iguales. Con esa lógica, cualquiera pierde siempre.
Y cuando uno lleva un rato instalado en esa dinámica, el terreno se vuelve resbaladizo. Porque de la comparación a la envidia hay menos distancia de la que parece. No la envidia de película, dramática y con villano. La envidia pequeña, la cotidiana, la de no alegrarse del todo limpio cuando a otro le va bien. Esa que no verbalizas pero que está ahí, incómoda, haciéndote ver que algo no va bien por dentro. La comparación constante nos pone en la rampa de entrada a ese sitio, y muchas veces ni nos damos cuenta de que ya estamos dentro.
La comparación no da lo que promete. No trae claridad, ni ayuda a tomar mejores decisiones, ni motiva de verdad. Solo quita paz. Y encima consigue algo todavía más molesto: empequeñecer lo que sí tienes. Un logro que antes te alegraba de repente parece poca cosa porque alguien llegó más lejos. Una decisión de la que estabas razonablemente orgulloso pierde peso en cuanto aparece una referencia externa que la deja en evidencia. Es agotador, y lo peor es que el cansancio es completamente autoinfligido.
No tengo una fórmula para que desaparezca, porque no desaparece. Vuelve. Pero sí noto la diferencia entre los momentos en que la dejo correr y los momentos en que la freno antes de que marque el rumbo. El problema no es mirar alrededor. Es convertir cada mirada en un examen donde siempre salgo suspendido, y encima yo mismo he puesto las preguntas.
Videoclip musical con letra sobre tomar las riendas, vencer el miedo y vivir con calma sin dejarse arrastrar
Me encantará leer tu sentir; siempre enriquecen este espacio.
Muy entretenido. No suelo compararme con los demás, solo a veces cuando voy con mis amigos a hacer gimnasia y más que nada para motivarme. Besos.
ResponderEliminarMe gustaría que blogger me avisará de tus actualizaciones, pero en este formato no encuentro dónde hacerme seguidora. Buena semana.
ResponderEliminarDisculpa, ya encontré el enlace a seguidores. :))
ResponderEliminarEstoy de acuerdo en que las comparaciones en la mayoría de las ocasiones nos hacen perder el tiempo y energía.
ResponderEliminarAngelo, primero de todo te felicito por esa autenticidad con la que reflexionas...Es importante dialogar con uno mismo y tú lo haces, ello nos facilita aprender, tener experiencia y madurar...A todos nos suele pasar en muchas ocasiones, compararnos con alguien y eso ocurre porque todos tenemos "ego"...Y el ego es peligroso, se adueña de la mente y esta nos traiciona, nos averguenza y nos va contando los fallos y debilidades...Quizá hay que parar, mirar de frente al ego y no dejar que nos despierte "envidia, insatisfacción, o frustración...Cada uno lleva su tiempo de madurez, sus circunstancias y su vida y hasta el que parece más feliz y seguro tiene su sufrimiento y sus debilidades...!
ResponderEliminarTe dejo mi abrazo entrañable por tu reflexión, que a todos nos llega y es importante para madurar y tomar las riendas de uno mismo, Angelo.