Reflexiones que nacen de vivir, pensar y seguir preguntando

22/10/2026

Un café, por favor

Dependiente sonriente con gorra en una tienda de café, rodeado de cafeteras, granos y tazas de degustación.

Yo solo quería una taza de café. Nadie me avisó de que antes tendría que aprobar el teórico.

Todo fue culpa del aroma. Inundaba la tienda, se escapaba hasta la calle y hacía imposible seguir de largo. Entré sin pensarlo. El verdadero problema empezó justo después, cuando abrí la boca y pedí algo que me parecía tan sencillo como un café.

Era de esos que te venden paquetes de grano de mil orígenes distintos y que además tienen un pequeño rincón con barra para tomarte algo allí mismo. Mi idea era sencilla: pedirme un café solo rápido antes de seguir con mis recados por el barrio. Algo de toda la vida, un gesto que hemos hecho mil veces sin darle más vueltas ni tener que hacer un curso previo. Pues bien, el muchacho que había detrás del mostrador, armado con una camiseta ajustada y un delantal de cuero como si fuera a forjar una espada, era de lo más amable y simpático. Me recibió con una sonrisa y me preguntó si quería un espresso corto de extracción rápida, un americano, un café de filtro de goteo lento o una infusión en frío que llevaba un día entero macerando en una nevera especial.

Me quedé un segundo callado pensando si me estaba hablando en cristiano o si me había equivocado de sitio y había entrado en una botica antigua. Para no complicarme mucho la existencia, le dije que nada de inventos raros, que me pusiera el de siempre pero con un chorrito de leche caliente por encima. Aquello fue peor. En vez de dar a la palanca de la máquina y tirar para adelante, el chaval empezó a soltarme a toda prisa si la leche la quería entera, semidesnatada, sin lactosa, de avena, de soja, de almendra o de guisante. Y por si la variedad vegetal fuera poco, remató la jugada preguntándome si la prefería simplemente templada, muy caliente o con la espuma batida a una temperatura exacta para no romper el aroma.

A esas alturas del partido, miré de reojo hacia atrás y vi que ya tenía a dos personas pegadas a mi espalda resoplando y mirando el móvil con prisa. Sentí ese cosquilleo incómodo de cuando te falla el pago con la tarjeta en la caja del supermercado y notas las miradas de los de la cola clavadas en la nuca. Quise salir del apuro de golpe, dar un paso hacia atrás y le pedí simplemente un cortado en vaso pequeño para acabar rápido y no molestar a nadie.

El chico volvió a la carga como si la cosa fuera con él. Me preguntó si el vaso lo quería de vidrio fino tradicional, de cerámica hecha a mano por un artesano o de cartón reciclado para llevármelo por la calle. Y antes de que pudiera responderle, se arrancó a explicarme con detalle que el grano de esa semana era un lote traído de una finca de Colombia con notas dulces y acarameladas, pero que si prefería algo más floral tenía otro de Etiopía con matices de jazmín y cítricos.

Cuando parecía que ya estaba todo, llegó el turno de endulzarlo. Podía elegir azúcar blanco en sobre, azúcar moreno, terrones, sacarina, estevia, miel o sirope de agave. En mis tiempos el café sabía a café y el azúcar era azúcar. Si salía un poco amargo, echabas un sobre, dabas tres vueltas con la cucharilla y tirabas para adelante. Ahora, además de escoger con qué endulzarlo, parece que si no notas el cacao, el caramelo o un punto cítrico en el primer sorbo tampoco estás a la altura.

Después de tantas explicaciones, terminé pidiendo lo que llaman un bombón. Vamos, café con leche condensada, la opción que ya llevaba el azúcar incorporado y me evitaba una última decisión. Intentó disimular la decepción. Después de enseñarme medio mundo del café, yo había elegido lo único que ya conocía. Me lo tomé en una mesa del fondo y estaba muy bueno. La próxima vez, antes de dejarme atrapar por el aroma, miraré por internet si hacen algún curso rápido para aprender a pedir café. Si no lo encuentro, entraré con una chuleta.

Un poco de ritmo para acompañar tanto café y tanta decisión.

5 comentarios

  1. Anda que no le echan cuento para cobrarte màs. Un beso

    ResponderEliminar
  2. Es terrible, pero son situaciones que se pueden dar por una cuestión o por otra, Angelo, del todo kafquianas. ¡Qué bien describes el momento y qué bien lo recoge uno al leerte sin pausa e interesado! Me he quedado boquiabierto y con una sonrisa a medias entre los labios. Gracias por permitirnos esta libertad atrevida. Al final, qué triste tener que consultar internet para tener respuesta a todo, ¿no?
    Un inmenso abrazo y que nos siga sonriendo, pese a todo, la vida.

    ResponderEliminar
  3. Así va todo, antes todo era más sencillo y efectivo.
    Muy bien descrito cada instante del texto.
    Internet está en cada roncón de nuestra casa, pero nosotros tenemos la llave para entrar o no.
    Lo peor es que las costumbres mandan.
    Un abrazo Angelo

    ResponderEliminar
  4. Jajajaja, después de leerte, creo que la próxima vez que vaya a pedir un café voy a necesitar que me hagas tú el proceso de selección, porque yo ya no sé ni qué pedir jeje

    ResponderEliminar
  5. "Un café con leche, fría y poca", y sin preguntas. Algunos sonríen otros hacen gestos. Para el café de casa suelo comprar el fuerte y natural porque es lo que pide la cafetera.
    He disfrutado leyéndote porque es el reflejo del tiempo que perdemos pidiendo un café, ya con el pie de foto he empezado a sonreír, gracias y un abrazo

    ResponderEliminar

Los comentarios son la mejor parte de esto. Si algo te ha movido, te ha irritado o simplemente quieres añadir algo, este es tu sitio. Solo te pido lo mismo que yo me comprometo a darte: respeto, buena fe y ganas de entenderse.

Blogger Template Created by pipdig