Reflexiones que nacen de vivir, pensar y seguir preguntando

18/10/2026

Antes de que pase nada

Hombre de pie junto a una ventana en una habitación oscura, esperando mientras la luz ilumina su rostro.

Una carta de Hacienda, una frase del jefe y la cabeza ya se ha puesto en lo peor. Luego llega la realidad y no se parece demasiado.

Esperas una respuesta, alguien tarda en llamarte o tienes una prueba pendiente. No sabes qué va a pasar. Puede salir bien, mal o quedarse en nada. Pero la cabeza suele elegir la peor posibilidad y ponerse a trabajar como si ya estuviera confirmada.

Entonces empiezan las preguntas. ¿Y si ocurre esto? ¿Y si después viene aquello? ¿Y si no sé reaccionar? De una duda pasamos a otra y, en unos minutos, hemos montado el problema completo. Incluso hemos ensayado lo que diremos cuando llegue. El pequeño detalle es que quizá no llegue nunca.

Nos cuesta dejar un hueco sin rellenar. Si no sabemos qué está pasando, lo decidimos nosotros, y casi nunca elegimos la versión tranquila. Te llega una carta de Hacienda y, antes de abrirla, ya repasas las cuentas desde la primera comunión. Si el sobre llega un viernes, además te regala todo el fin de semana para imaginar multas que nadie ha mencionado. Luego resulta que solo te piden una firma o confirman que han registrado tu solicitud de clave. La carta no decía nada preocupante. Todo lo demás lo habíamos puesto nosotros.

Yo he confundido muchas veces preocuparme con estar preparándome. No era lo mismo. Llegaba un momento en que ya no buscaba una solución; repetía la misma preocupación con palabras distintas. Terminaba cansado y seguía exactamente en el mismo punto.

Con los años he podido comprobarlo en mi propia vida. He dedicado muchas horas a angustiarme por problemas que todavía no existían. Ninguno ocurrió como yo lo había imaginado. Cuando llegó el momento de verdad, la situación fue distinta y todo aquel sufrimiento anticipado no me había servido para nada.

Problemas he tenido, claro. Pero no fueron aquellos que yo había pasado horas imaginando. Cuando apareció uno de verdad, tuve que ocuparme de lo que estaba delante, no del guion que llevaba preparado. La angustia no me había dejado más listo. Solo me había cansado.

Mientras tanto, podemos estar comiendo con la familia y seguir con media cabeza en una conversación pendiente. Nos hablan y contestamos sin enterarnos demasiado. Hasta que alguien pregunta: "¿Me estás escuchando?". Respondemos que sí con mucha seguridad, aunque no sabríamos repetir la última frase. La tarde pasa, pero nosotros estamos ocupados en un mañana que solo existe en nuestra imaginación. Si luego no ocurre nada, hemos perdido ese rato preocupándonos por algo que no pasó.

No digo que haya que cruzarse de brazos. Si podemos hacer una llamada o pedir información, se hace. Hablo del momento en que ya no queda nada por hacer y seguimos dándole vueltas, como si la respuesta fuera a aparecer por cansancio. Normalmente nos cansamos nosotros antes.

Lo difícil es aceptar ese límite. Queremos saber qué sucederá para tenerlo todo controlado, pero nadie nos adelanta las respuestas. Por mucho que repasemos las posibilidades, siempre queda algo fuera de nuestros cálculos. Para pensar en lo malo vamos lanzados; para creer que puede salir bien, de pronto pedimos que venga por escrito y con sello.

Tu jefe te dice un lunes, antes de marcharse de viaje, que a la vuelta quiere hablar contigo. No añade nada más, que es un detalle muy considerado por su parte. Mientras él viaja, seguramente ni se acuerda de aquella frase. Tú la llevas contigo a todas horas. Pasas tres días pensando qué habrás hecho y si conviene actualizar el currículum. Regresa y descubres que solo quería organizar los partidos de pádel de la semana siguiente. La angustia llevaba trabajando desde el lunes.

Decirlo es fácil; hacerlo ya es otra cosa. Cuando quiero una respuesta, puedo rezar y seguir intentando tenerlo todo atado. La incertidumbre no desaparece. Yo tampoco tengo una receta. Intento recordar que he hecho lo que estaba en mi mano, aunque cinco minutos después vuelva a empezar. La cabeza tiene muy poca memoria.

En esos momentos recuerdo la oración que repetía Don Dolindo Ruotolo, sacerdote italiano con fama de místico: "¡Oh Jesús, me abandono en Ti, ocúpate Tú de todo!". La cabeza vuelve al asunto, claro, pero esas palabras me recuerdan que el resto no está en mis manos.

Si el problema llega, ya veremos cómo salimos. Protestaremos un poco, seguramente, y después haremos lo que podamos. Pero será entonces. Hoy, de momento, no ha pasado.

Para esos momentos en que la cabeza insiste y uno necesita soltar un poco.

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