No es fácil. No es nada fácil cuidar a alguien que quieres y verlo apagarse poco a poco. Si estás en esas, ya sabes de lo que hablo. Sabes lo que pesan las noches sin dormir y la culpa que no te suelta ni cuando lo haces todo bien.
Ese peso no entiende de dónde cuidas. Hay quien puede tenerlo en casa hasta el final, a base de renuncias que nadie ve. Otros no pueden, porque trabajan, porque no llegan, porque la enfermedad supera lo que unas manos solas aguantan. Y a algunos, como a mí, no nos queda más remedio que buscar ayuda fuera. Caminos distintos, y el mismo peso encima.
Porque cuidar a un padre, a una madre, a un marido o a una esposa cuando ya no pueden valerse es de lo más duro que existe, y de lo que menos se habla. Se habla de plazas, de listas de espera y de precios. Nadie habla de la culpa, ni de lo solo que se está con ella. Ni de esa mezcla de amor y de agotamiento, de querer acertar y no saber nunca si lo estás haciendo bien.
Quiero deciros algo a los que cuidáis en casa, que sois muchos y muchas veces sin ayuda de nadie. A los que os levantáis de noche, dejáis a un lado el trabajo o vuestra propia vida y coméis de pie por atender a los vuestros. Lo que hacéis no lo ve casi nadie, pero es de lo más grande que se puede hacer con una vida. No sois menos por cansaros, ni por llorar a escondidas, ni por pensar algún día que no podéis más. Cuidar así, un día tras otro, es querer de la manera más difícil que hay.
Y a los que cargáis con la culpa, que sois todavía más, dejadme deciros lo que a mí nadie me dijo a tiempo. Que tuvierais que buscar ayuda fuera no significa que fallarais. Querer con todas tus fuerzas y no poder con todo no te hace un mal hijo ni una mala hija. Uno hace lo que puede con lo que tiene, y con eso basta mucho más de lo que os parece.
De eso he escrito un libro. Ha salido hoy, y lo cuento aquí antes que en ningún otro sitio, porque vosotros me acompañáis desde hace años y quería que lo supierais los primeros.
No lo he hecho solo para mí. Lo he hecho para quien ahora mismo está cuidando a alguien en silencio y cree que es el único al que le pasa, para quien se acuesta con la duda de si podría hacerlo mejor y carga con la sensación de estar quedando mal con todos cuando lo único que hace es querer.
No os voy a engañar diciendo que el libro trae soluciones, porque no las trae. Cada casa es un mundo, y cada persona a la que cuidas te pide cosas distintas. Lo que trae es compañía, la que yo busqué cuando me tocó y no encontré. Como no la hallé por ningún lado, decidí escribirla yo.
Cuento lo bueno y lo difícil tal como fue, sin señalar a nadie. Hablo de la culpa, que es la que más pesa, y de cómo se aprende poco a poco a vivir con ella. Y hablo de las alegrías pequeñas, que las hubo, y que son las que sostienen a uno cuando lo demás flojea.
Os voy a confesar una cosa. Mi madre ya no está con nosotros, pero mientras escribía me pasó algo que no había sentido nunca. Muchas veces notaba que era ella la que me lo iba dictando, como si quisiera consolarme desde esa vida plena en la que estoy convencido de que ahora vive, junto a Dios. Poder volcar por fin todo lo que llevaba guardado me ha ido curando por dentro. Solo por eso, aunque no lo leyera nadie, ya habría valido la pena.
Se titula Vengo a acompañarte, y desde hoy lo tenéis en Amazon, en papel y en versión digital, aquí mismo. Si eres tú quien está pasando por esto, ábrelo sin miedo. Dentro hay alguien que ha recorrido el mismo camino y lo cuenta para que no te sientas solo. Y si conoces a alguien que lo esté pasando mal, háblale de él, que a veces saber que otro te entiende ya ayuda a seguir.
Gracias por estar siempre al otro lado.
«La Vejez», de Michael Bennett. Una canción sobre el paso del tiempo, la familia y la belleza de todo lo vivido.
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