Nos hemos acostumbrado a escuchar las palabras "tolerancia" y "respeto" juntas, como si fueran un pack indivisible que viene de serie con la buena educación. Queda genial en cualquier artículo o conversación de compromiso. Alguien se llena la boca diciendo que "tolera y respeta" las opiniones ajenas y automáticamente se cuelga la medalla de la madurez intelectual. Pero si observas cómo se aplican en el día a día, te das cuenta de que estamos ante una manipulación del lenguaje bastante común: se usan para quedar bien, pero se vacían de significado a la hora de la verdad.
La tolerancia es, sin duda, un gran logro. Es el suelo mínimo, el pacto social básico que nos permite convivir en una comunidad sin tirarnos los trastos a la cabeza con quien piensa diferente. Pero la tolerancia se limita a eso: a soportar, a no agredir. Tolerancia viene del latín tolerare, que significa literalmente aguantar un peso o soportar una carga. Y ahí es donde se esconde una sutil línea de soberbia. Cuando alguien dice que "tolera" al que es diferente, en realidad se está colocando un peldaño por encima. Le está perdonando la vida. Le está diciendo: "Me molesta lo que piensas, pero te concedo el permiso de existir siempre que no molestes mucho". Es una tregua fría y cargada de superioridad.
El respeto es otra cosa mucho más profunda y exigente. Respetar es, sencillamente, asumir que la persona que tienes enfrente posee la misma dignidad que tú, aunque lo que piense choque frontalmente con tus propias convicciones. Exige mirar en horizontal. No consiste en perdonarle la vida al otro ni en concederle el derecho a existir desde una posición de ventaja, sino en tratarlo como a un igual. El problema actual es que la palabra "respeto" se ha convertido en un mero adorno cosmético, en una especie de muletilla social que soltamos de forma automática para suavizar la diferencia de ideas de cara a la galería. Es el maquillaje perfecto: la usas para salvar las formas en una conversación, pero en la realidad no la aplicas.
Aquí es donde entra en juego una figura perfecta para entender la trampa: el caballo de Troya. Hoy en día, la gente utiliza las palabras "yo respeto" como ese artefacto de madera. Entran en el debate con la bandera de la moderación por delante. Se presentan como seres civilizados, dialogantes y abiertos de mente. Te desarman con esa introducción impecable que la sociedad premia. Pero es solo una estrategia de infiltración. En cuanto te han convencido de su supuesto respeto y bajas la guardia, el caballo de Troya se abre y de su interior sale la cruda realidad: puyas cargadas de veneno, burlas mal disimuladas y un deseo enorme de ridiculizarte.
Esta manipulación del lenguaje es peligrosa porque busca la impunidad del que ataca. El razonamiento de estas personas es tan cínico como efectivo: "Como ya he dejado claro al principio que te respeto, ahora tengo barra libre para decir que lo que crees es una soberana tontería, y tú no puedes enfadarte ni llamarme intolerante". Utilizan el idioma como un chaleco antibalas para camuflar la mala educación más flagrante.
Y el territorio donde este caballo de Troya funciona de forma más descarada es, sin duda, el de la fe. Bajo esa apariencia facilona del "cada uno que crea lo que quiera", las creencias religiosas se han convertido en un escenario donde la humillación y el menosprecio siguen saliendo gratis.
No hace falta irse muy lejos para comprobarlo; esto pasa en las distancias cortas del entorno digital. Ya lo he comentado aquí alguna vez: a mí mismo me pasa con lo que escribo en este blog. De vez en cuando me llegan mensajes privados de personas que se toman la molestia de escribirme para atacarme por mis escritos de fe. Esos ataques siempre vienen envueltos en ese mismo celofán. Empiezan con un "yo respeto tus creencias y tolero tu postura, pero..." para, a continuación, soltar una parrafada que destila una soberbia intelectual asombrosa.
Te tratan, literalmente, como si fueras un tonto. Un necio. Un pobre infeliz que necesita creer en cuentos de hadas porque no le da la cabeza para más. Hay una mirada de superioridad brutal, una condescendencia de "pobrecito, que se cree cualquier cosa". Te pintan como a un ridículo que vive fuera de la realidad, como si tener fe anulara automáticamente tus neuronas o tu inteligencia. Esas personas necesitan teclear la palabra "respeto" al principio no porque lo sientan, sino para salvar su propia autoimagen. Necesitan creer que son tolerantes mientras te tratan como a un idiota por privado.
Ahora bien, para ser justos, hay que decir claro que esta falta de tolerancia y respeto no viaja en una sola dirección. Ocurre exactamente igual desde el lado de algunos creyentes hacia los ateos o no creyentes. Existen creyentes que saltan al ruedo con el mismo caballo de Troya de la falsa piedad y la condescendencia, tratando al que no cree como a un ser vacío, inmoral o como a alguien que está ciego y no ha visto la luz. Se asignan una superioridad moral ligada a sus dogmas y, bajo la fachada de "yo respeto tu ateísmo", lanzan puyas que ridiculizan la postura del otro, tratándolo como a un ciudadano de segunda. Es exactamente la misma soberbia y el mismo desprecio, pero envuelto en buenas palabras religiosas. El cinismo se da en todos los bandos.
Existe una asimetría muy curiosa en nuestra sociedad con este tema. Si alguien habla públicamente de abrazar ciertas espiritualidades orientales alternativas o filosofías de autor, se le suele escuchar con respeto y curiosidad. Pero si se trata de la fe tradicional, de la gente que reza, que va a misa o que intenta vivir su vida según los valores del Evangelio, el chip cambia por completo. Se activa automáticamente un interruptor que te etiqueta como alguien manipulable, antiguo o directamente corto de luces.
Cuando la discusión se encona, la empatía desaparece. Los mismos que exigen comprensión absoluta para sus posturas particulares no tienen el más mínimo reparo en triturar lo que el vecino considera sagrado, ya sea su fe o su legítima ausencia de ella, en una cena de amigos o en una red social. El ataque se disfraza de "humor inteligente" o de "pensamiento crítico", cuando en realidad es simple y llanamente una falta de educación y unas ganas enormes de ridiculizar al prójimo para sentirse más listos.
Decir "yo respeto" es gratis y queda impecable de cara a la galería. Lo difícil, lo que de verdad demuestra la calidad humana de alguien, es sostener la mirada en horizontal cuando lo que el otro piensa o siente choca de frente con tu propia estructura mental. Respetar la postura ajena no significa que te tengas que convertir, ni que tengas que aplaudir todo lo que hace un colectivo, ni que dejes de debatir. Significa, simplemente, entender que lo que para ti es indiferente o absurdo, para la persona que tienes enfrente es su verdad o el pilar de su vida, y que no tienes ningún derecho a tratarlo como a un necio o un ignorante.
Menos golpes en el pecho con lo modernos, tolerantes y respetuosos que somos sobre el papel, un poco más de coherencia real en la práctica. La diferencia entre tener una verdadera altura moral o ser un cínico con un vocabulario bien ensayado se nota en los detalles ocultos: cuando decides morderte la lengua y callarte esa puya fácil que solo busca ridiculizar al otro, ya sea en un debate público o en la intimidad de un mensaje privado. Y en ese examen, viendo el panorama actual, seguimos suspendiendo demasiados.
Una canción que recuerda que pensar diferente nunca debería impedirnos reconocer el valor de quien tenemos delante.
El que respeta , no dice que lo
ResponderEliminarhace, por otro lado, de la manera
más lamentable, apenas se respeta,
de la misma manera que disculparse,
se entiende como "oh, he perdido",
saludo.
Me ha gustado mucho Angel.
ResponderEliminarLa perversión del lenguaje tan extendida hoy día es algo a lo que no termino de acostumbrarme. ¿Por qué utilizar palabras “bonitas” presumiendo de lo que no somos solo para quedar bien y que no se note tanto la realidad que queremos ocultar?
Se habla mucho de tolerancia, pero en cuanto discrepas o expresas tus pensamientos con libertad, te saltan a la yugular porque no piensas como ellos, los autollamados “tolerantes” que resultan ser siempre, los más intolerantes.
Y en cuanto al respeto, estoy de acuerdo, tiene matices muy distintos, el respeto es una palabra de mayor hondura.
El tolerante no siempre manifiesta respeto por el otro, sin embargo el respetuoso siempre tolera, es correcto, educado y práctica la caridad.
Gracias Angel. Un abrazo!
Hope you had great time over in Murcia, Angelito, welcome back to the blogosphere!
ResponderEliminarIt is like that English phrase "with due respect" which you usually use when you will say something hurtful LOL
Your whole post reminded me a lot of the cultural and political situation around the world today where liberal people will deeply believe they are open minded and that they are the respectful part of the society but then they go and lynch people of opposing opinions almost daily demanding them be cancelled, erased, removed. The hypocrisy of it all is astounding. And I say that as a liberal myself LOL
Vivimos en una grieta constante en temas de fe. Es cierto que, hay cristianos protestantes que se volvieron fundamentalistas. A menudo recibo visitas en mi casa de Testigos de Jehová. La rosca se arma cuando le haces saber que sos cristiano católico, porque pretenden plantar un escenario bélico que no le hace bien a nadie. "Ante el ataque del enemigo, silencio y oración" dice la Virgen María. El escenario bélico de planteo concluye en que cual es el pedazo de cielo que tiene más valor.
ResponderEliminarLa vez pasada en uno de los posteos del blog marque que la ancha avenida que separa de católicos y protestantes es la Virgen María; bien sabemos que la teología protestante, en líneas generales, no acepta la posibilidad de ninguna mediación en la obra de la salvación, excepto el mismo Jesucristo. En este sentido, para ellos María no ocupa ningún lugar como cooperadora en la redención del género humano, generando de este modo lógicas discrepancias con los católicos.
Tengo amigos judíos que conservan costumbres milenarias y no se plantan con tanta vehemencia a ver quien cobre el peaje al cielo, como si se tratara del Estrecho de Ormuz. El respeto, va un paso más allá de la tolerancia; ser tolerante es evitar el conflicto (que es lo que hago cada vez que abro la puerta para atender a un predicador de los Testigos); el respeto que les tengo pasa porque reconozco la tenacidad que tienen en salir, caminar, caminar y caminar (aunque la iglesia les pague) para tirar bajo la puerta, estampitas, invitaciones a cultos...
Probablemente, del otro lado no lo entiendan. Dominus Providebit
Abrazo bendecido
Una vez recogí firmas contra el aborto en la iglesia. Una mujer me dijo que ella no firmaba porque era "muy tolerante". Un beso
ResponderEliminarEl que respeta se calla no contesta i es educado qe oy se a perdido yo ya no se aque iglesia debo ir adonde emos llegando..un saludo 👋 Angel
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