Reflexiones que nacen de vivir, pensar y seguir preguntando

21/05/2026

Lo que dices sin abrir la boca

Lo que dices sin abrir la boca
Hombre elegante de unos 50 años caminando por la ciudad con americana, sombrero y gafas de sol, en actitud tranquila y cuidada.

Te cruzas con alguien y no dices nada… pero algo ya has dicho. Una escena sencilla, una frase inesperada y una idea que cuesta ignorar.

El otro día me quedé enganchado a una escena que parecía sacada de otra época. Un abuelo salía de casa impecable, vestido como si fuera a cerrar el negocio de su vida, pero a las nueve de la mañana y con una parsimonia envidiable. Detrás iba la nieta, con un estilismo de los que gritan que salió un momento a por el pan y decidió que esa misma ropa ya le servía hasta septiembre.

La chica lo miró de arriba abajo y le soltó la pregunta con toda la lógica aplastante de su generación: que por qué narices se arreglaba tanto todos los días. Y el hombre, sin levantar la voz y con toda la tranquilidad del mundo, dijo que por respeto a los demás. Y siguió andando como el que acaba de comentar si va a refrescar por la tarde.

La nieta se le quedó mirando como si le hubiera hablado en latín antiguo o le hubiera pedido el favor de memorizar las páginas amarillas. Y yo, que estaba ahí plantado esperando el autobús, pensé que acababa de escuchar una frase en peligro de extinción.

Porque hoy casi todo se hace “por uno mismo”. Te arreglas para sentirte bien, para verte mejor en el espejo, para gustarte más a ti mismo. Y sí, perfecto, no seré yo quien lo critique. Pero aquel hombre hablaba de otra cosa muy distinta. De salir de casa pensando también un poco en la salud visual de la gente que se va a cruzar contigo.

Y no hablaba de ir elegante, ni con corbata, ni vestido como para una boda de postín. Hablaba simplemente de no salir al mundo con el aspecto de quien se ha rendido ya desde primera hora de la mañana. Porque una cosa es ir cómodo, que se agradece, y otra muy diferente ir dejando detrás un aire de “bastante hago yo con haber tenido el detalle de salir a la calle”.

Que sí, que cada uno puede vestir como le dé la gana, faltaría más. En chándal se puede ir estupendamente y hay gente con ropa de lo más normal que transmite mucho más cuidado y limpieza que otros cubiertos de marcas de arriba abajo. El problema no es la ropa en sí. El problema viene cuando parece que te da exactamente igual cómo apareces y qué plantas delante de los demás.

Porque, aunque no digamos ni una sola palabra, hay gente que transmite un mínimo de cuidado por el entorno. Y otra que parece haber cogido lo primero que había tendido y haber salido así mismo a la calle.

Aquel abuelo entendía algo que antes estaba mucho más asumido y que parece que hemos olvidado: que convivir también consiste en cuidar los pequeños detalles. Igual que bajas instintivamente la voz en ciertos sitios o no se te ocurre entrar en casa ajena con los zapatos llenos de barro, tampoco cuesta tanto salir al mundo con un mínimo de esmero.

Y ojo, que no hablo de dinero. Eso conviene dejarlo claro desde el principio porque siempre aparece el típico despistado confundiendo el arreglarse con llevar ropa cara. He visto gente impecable con cuatro cosas sencillas de lo más baratas y a otros vestidos con marcas de lujo que parecían haberse conjuntado con las luces apagadas.

Y no es que ahora me haya dado por ir de dandi, porque siempre me ha gustado ir bien vestido y salir aseado a la calle. Un día me apetece ir más sport, otro me planto un sombrero, otro salgo con gorra de béisbol. A veces hasta me da el punto de ponerme una chaqueta como si tuviera una comida importantísima y al día siguiente aparezco con bermudas y zapatillas, con toda la pinta de ser un turista perdido en pleno agosto. Pero, aun así, sigo creyendo que tampoco está de más salir de casa intentando no asustar al personal y teniendo un poco de cuidado.

No es el motivo del abuelo, pero da el cante para acompañar lo escrito.

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