La semana pasada en misa leyeron esa perícopa del evangelio, como le gusta decir a uno de mis párrocos que siempre usa la palabra técnica, y recordé lo muchísimo que he rechazado esa historia durante años. Te hablo de la parábola de los trabajadores de la viña, que sale en San Mateo, capítulo 20. Si la mides con la lógica del mundo, parece un insulto al sentido común.
El planteamiento es de sobra conocido: un propietario sale muy temprano a contratar obreros para su viña y pacta con ellos un denario por toda la jornada, que era el salario normal de la época. El tipo vuelve a salir varias veces a lo largo del día, a media mañana, al mediodía, a media tarde, y sigue metiendo gente a trabajar. Incluso una hora antes de cerrar la jornada, ve a unos cuantos parados y los manda para la viña.
Al acabar el día viene lo sorprendente. El jefe empieza pagando a los últimos y les suelta un denario entero. Claro, los primeros, que llevan desde el amanecer doblando el lomo, ven el panorama y se frotan las manos: “Si a estos les ha caído un denario por sesenta minutos, a nosotros nos va a tocar el gordo”. Pero no. Cuando llegan a la caja, reciben exactamente lo pactado: un denario.
La que se montaría hoy mismo sería tremenda. Se presentan allí los sindicatos con las pancartas, convocan una huelga indefinida y al dueño de la viña le cae una inspección de trabajo antes de que pueda pestañear. Es que la queja de los trabajadores es profundamente humana: "Nosotros hemos aguantado todo el día el calorazo, ¿y les pagas lo mismo a estos que acaban de llegar?".
Y el dueño remata con una frase incómoda: “Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No acordamos un denario? ¿O va a ser malo tu ojo porque yo soy bueno?”.
Durante mucho tiempo, esta historia me daba una rabia visceral. Nos educan en la cultura del mérito: el que más se esfuerza, más gana. Por eso, que Jesús plantara ese ejemplo me rompía los esquemas. Es una reacción que, si somos honestos, experimentamos muchos cristianos. Nos cuesta horrores aceptar esta lógica. Sentimos una especie de envidia encubierta cuando vemos que alguien que ha vivido al margen, haciendo lo que le ha dado la gana, recibe esa luz y el perdón en los últimos segundos de su existencia. Nos sale el ramalazo de pensar: "Oye, que yo llevo toda la vida intentando hacer las cosas bien, tragando, renunciando, intentando ser fiel, ¿y este se lleva lo mismo en el último suspiro?".
Me ha llevado años, muchas vueltas a la cabeza y algún que otro golpe de realidad entender la parábola. Hoy la comprendo porque sé que Jesús no estaba dando una clase de economía ni de derechos laborales. Estaba hablando de la gracia.
El error de base es que siempre nos identificamos automáticamente con los de primera hora. Nos creemos los campeones del esfuerzo, los que cumplen, los que llevamos la fe al día. Pero si soy sincero, la mayoría de las veces yo soy el que ha llegado tarde, el que se ha equivocado o el que ha tenido la suerte de encontrar una oportunidad a última hora.
Además, hay un detalle que siempre se nos pasa por alto: los últimos no estaban de brazos cruzados por vagancia. El texto dice que nadie los había contratado. Estaban allí, esperando que alguien les diera una oportunidad.
Dios no funciona con un cálculo matemático de méritos. Hay gente que llega “antes”, personas que llevan toda una vida intentando ser fieles, y hay otros que llegan “tarde”, después de haber estado rotos o lejos durante años. Lo que nos cuesta aceptar es que el regalo final de Dios no funciona como una competición. El último también puede recibir plenamente. Y quizá la señal de que empiezas a entender de verdad la parábola es cuando dejas de compararte con el último y empiezas a alegrarte de que también haya llegado.
Al final, la parábola apunta directo al corazón humano y a nuestra obsesión por la comparación. Los primeros no estaban enfadados por cobrar poco; su denario les daba para vivir. Estaban furiosos porque los otros cobraron lo mismo. Soportamos bien nuestro propio esfuerzo... hasta que vemos que otro recibe algo bueno sin haber pasado por el mismo camino.
Por eso la historia termina con el famoso "los últimos serán los primeros y los primeros, últimos". No es una amenaza para los que madrugan, sino un aviso de que la lógica de Dios no es una hoja de cálculo. Jesús además quiso demostrarnos que era así, el ladrón Dimas que clavaron junto a él fue el obrero de la undécima hora que se ganó la vida eterna en el último momento. Y menos mal, porque si tuviéramos que cobrar estrictamente por lo que nos merecemos, más de uno nos iríamos a casa con los bolsillos completamente vacíos.
Una canción para recordar que la gracia suele encontrarnos cuando ya no sabíamos ni cómo volver.
Si os apetece, echadle un ojo al resumen de comentarios del post anterior. Al final se ha quedado una charla muy buena con las historias, los recuerdos y las reflexiones que fuisteis dejando por ahí.
ResponderEliminarMe vino aquel proverbio:
ResponderEliminar"Si quieres ir rápido ve solo. Si quieres llegar lejos, ve acompañado"
El Papa Francisco nos dijo allá por el 2017 en Colombia que “la Iglesia no es una aduana, quiere las puertas abiertas, cabemos todos”. Así es, ser cristiano nada tiene que ver con tener una plaza propia a la derecha del Padre. Ser cristiano, pertenecer a la Iglesia, no está asociado a ningún colectivo por mucho que se empeñen los fundamentalistas de cada extremo. Hemos oído desde pequeños que la palabra “católico” significa universal, más exactamente “que comprende a todos, común a todos.“ Por esta razón seguir a Jesús, seguir su alegría de vivir está muy por encima de cualquier ideología.
Quizá solo haya un requisito aduanero (recomendación) que ayuda a ser cristiano. Bueno, Jesús pone dos requisitos y un arancel a modo de actitud. En el equipaje cristiano tiene que haber una toalla, agua para lavar los pies de los demás y un arancel: servir de rodillas. Porque lo de “los últimos serán los primeros” va de esto. Porque en la Iglesia que caben todos se va abrazados por los hombros, todos a una, con la toalla preparada, el agua lista y las rodillas dispuestas para servir. Así seguro que todos tenemos sitio.
Feliz domingo!! Un abrazo
Lo único que tengo claro es que nada debe tomarse al pie de la letra. A veces, la explicación se nos oculta y no llegamos siquiera a entender lo que se nos quiere decir. No es nada que me sorprenda.
ResponderEliminarUn abrazo, amigo