Cuidar el lenguaje no es una manía. Es una forma de resistir.
Grietas que no se ven
Un día descubres que no te discuten una idea, te discuten el diccionario. No te dicen “no estoy de acuerdo”. Te dicen “eso ya no significa eso”. Y ahí ya sabes que la conversación va a ser cuesta arriba. Porque cuando cambias el significado, la conversación empieza a empujar la vida de la gente. Sin ruido. Sin broncas. Un día, sin más, te das cuenta de que ya no puedes hablar tranquilo sin tener que justificarte.
En la calle se nota enseguida. Una palabra de siempre empieza a sonar “peligrosa”, “antigua” o “sospechosa”. Otra, en cambio, se vuelve intocable, aunque por dentro esté vacía. Y te preguntas cuándo pasó todo esto. En qué momento “claridad” se convirtió en “agresión” y “poner límites” pasó a ser “odio”. El truco no es inventar palabras nuevas. El truco es obligarte a usar las suyas.
Lo que empieza a enfriar un vínculo
Y cuando entramos en lo moral, ya no estamos hablando solo de palabras. Hablamos de vida. De decisiones concretas. Porque pensamos con palabras, y cuando las palabras cambian, el criterio también. Son palabras grandes, de las que usábamos sin pensar. Verdad. Libertad. Amor. Bien. Mal. Castidad. Conciencia. Coherencia. Y de repente ya no sabes si puedes decirlas sin que alguien te mire raro. Ahí el problema no es cómo hablas. Es el criterio.
La escena se repite más de lo que nos gustaría. Alguien menciona un valor cristiano con normalidad, sin pancartas ni megáfonos, y el ambiente se enfría. No es un silencio curioso. Es el silencio que avisa: mejor no sigas por ahí.
Dices “castidad” y cae un silencio seco. Nadie pregunta qué quieres decir ni por qué lo consideras un bien. Se da por hecho que vienes desactualizado, que no has pasado la revisión y que tu pensamiento necesita corrección. Ironías de la vida: ahora el dogma es que no hay dogmas.
Y si además eres cristiano, el guion ya lo conoces. Tus palabras se traducen sin permiso en intención, caricatura y etiqueta. No se debaten ideas. Se dispara a la persona. Siempre con educación impecable, eso sí. Para las formas nunca falta tiempo.
Cuando nos alejamos sin querer
Por eso muchos acaban callando. No de golpe, sino poco a poco. No porque duden, sino porque están cansados. Porque pelear cada palabra agota. Porque explicar lo obvio desgasta más de lo que parece.
Es el cansancio de tener que justificarlo todo.
Desde fuera casi no se nota. No hay enfados ni portazos. Hay sonrisas educadas, silencios prudentes y frases medidas. Hablas como quien pisa huevos. Una renuncia pequeña hoy. Otra mañana. Hasta que un día ya no sabes muy bien qué puedes decir sin problema.
Y ahí aparece la trampa más fina. No te callan a gritos. Te cansan hasta que bajas la voz tú mismo. Te convencen de que es mejor no complicar las cosas, no tensar el ambiente, no ser “ese” del grupo. Todo muy correcto. Todo muy civilizado.
Al final todo se reduce a lo mismo: te cambian las señales y luego te culpan por perderte. No lo decide una persona concreta, sino un clima hecho de titulares, correcciones constantes y consensos implícitos. Con un camino así cualquiera se desorienta, incluso quien camina con buena fe. Por eso hoy hablar de moral incomoda. No porque sea difícil, sino porque el lenguaje ya viene decidido.
Muchas veces se pide “tolerancia” para callar, “respeto” para aprobar y “libertad” para no contradecir. Si dices “esto es bueno y aquello hace daño”, recibes un diccionario paralelo. El bien se convierte en “imposición”. La verdad, en “violencia”. La conciencia, en “obstinación”. Y la coherencia pasa a ser peligrosa.
El camino para volver a acercarnos
Así el lenguaje se convierte en juez. No importa tanto lo que haces, sino cómo llamas a las cosas. Y para no quedar como el malo, muchos suavizan palabras, rebajan convicciones y aceptan eufemismos. Por cansancio. Por educación. O, como decían nuestras abuelas, por respetos humanos.
¿Y qué se puede hacer entonces? Nada épico. Nada grandilocuente. Llamar a las cosas por su nombre. Con caridad. Sin insultar. Sin devolver golpe por golpe. Pero sin entregar el significado de las palabras como quien entrega las llaves de casa.
Porque cuando una sociedad vacía las palabras, acaba vaciando a las personas. Y una fe que se acomoda al lenguaje hueco termina quedándose sin voz justo cuando más falta hace. Cuidar el lenguaje no es una obsesión ni una batalla cultural. Es una forma de mantenerse despierto. Y cuando para convivir hay que dejar de llamar a las cosas por su nombre, el problema no es el tono. Es que algo se ha roto. Llámalo como quieras, pero eso no es cuidar sensibilidades. Es vaciar las palabras.
A veces no hace falta decir más. Basta con escuchar lo que queda cuando el ruido se apaga.
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💬 Me encantará leer tu sentir en los comentarios, siempre enriquecen este espacio.
Angelo,
ResponderEliminarEstou chegando hoje aqui em
seu Blog. Li seu perfil e achei
muito interessante sua meta na
escrita.
Logo voltarei para comentar
as matérias, vou favoritar
no meu espaço e vou adorar
receber sua visita lá no Espelhando.
Bjins daqui da região sudeste do
Brasil.
CatiahôAlc.
Gracias por la visita, Catiahô. Me alegra que te hayas pasado por aquí.
EliminarEn mi larga trayectoria en la blogosfera, he comprobado que la autocensura no es buena y que siempre es mejor que los que te leen sepan a que atenerse. Por eso, nunca he ocultado mi creencia ni me he sujetado a lo políticamente correcto. He tenido discusiones, personas que rechazan lo que digo o lo que soy, pero a mí me gustan los debates en el blog, siempre que no se pierda la educación ni el respeto al otro. En esas condiciones, se puede debatir sobre todo y con plena libertad.
ResponderEliminarSenior Citizen. Me alegra que estés aquí y que te sumes a este espacio de reflexión. Coincido en que la autocensura no construye nada bueno y que es importante que quien lee sepa a qué atenerse. El problema aparece cuando ya no se discuten ideas, sino que se invalida a la persona antes de empezar. Ahí la conversación deja de ser libre.
EliminarUn saludo.
“Una riflessione profonda sul silenzio che nasce quando le parole perdono il loro senso e la conversazione diventa faticosa, costringendo a trattenere ciò che si pensa davvero.”
ResponderEliminarBuona settimana
Hai colto molto bene quel silenzio che non nasce dalla riflessione, ma dalla stanchezza che compare quando le parole si pervertono e la conversazione diventa faticosa. Quando il senso si perde, parlare smette di essere un incontro e diventa uno sforzo.
EliminarBuona settimana.
Buenos días Ángel, te entiendo perfectamente pero si una cosa se aprende con los años y tratando con tanta gente por motivo de trabajo diariamente es que mi opinión mis palabras y mi creencia son las que son y ya no dejo que los demás me hagan daño intentando imponer las suyas. Mucho ánimo y no dejes de escribir expresando todo lo que tu corazón y tu mente te dicté
ResponderEliminarBuenos días, Brigi. Es cierto: con los años uno aprende a poner límites y a no dejar que la imposición ajena haga daño. Aun así, no siempre es fácil, porque el desgaste muchas veces no viene del choque frontal, sino de la repetición constante. Gracias por el ánimo y por compartir tu mirada.
EliminarUn saludo.
Tienes toda razón.
ResponderEliminarNo sé cómo ha ocurrido pero los guardianes de lo políticamente correcto están encarcelándonos.
Según qué palabras ni se te ocurra pronunciarlas porque caerá sobre ti el menosprecio de la sociedad que ya ha sido esclavizada.
Yo me resisto todo lo que puedo.
También es cierto que con esos dictadores de lo políticamente correcto no quiero relacionarme.
Ya he visto demasiado como para no verles a ellos el percal.
Saludos.
Buenos días Toro Salvaje. Cuando las palabras se convierten en motivo de menosprecio y la discrepancia se castiga, la conversación deja de ser posible. Ahí ya no se debaten ideas, se imponen etiquetas. Mantenerse fiel a lo que uno piensa no es imponer nada; es negarse a aceptar que el lenguaje se use como arma. Gracias por tu aportación. Un abrazo
ResponderEliminarÁngel, qué necesario lo que dices. A veces uno siente exactamente ese cansancio del que hablas: no por dudar de lo que piensa, sino por tener que justificar cada palabra como si llevara una carga oculta. Tu reflexión devuelve aire, claridad y, sobre todo, ánimo para seguir nombrando las cosas sin miedo y con respeto.
ResponderEliminarGracias por ese vídeo del final… me ha encantado. Tiene esa serenidad que ayuda a que todo lo dicho repose mejor.
Un abrazo.
Buenos días ETF .Encantado de verte por aquí, esta ya es tu casa.
EliminarGracias a ti.
El cansancio que describes es muy real. No nace de la duda, sino del desgaste.
Nombrar las cosas con respeto no debería requerir permiso.
Me alegra que el vídeo ayude a reposar lo dicho. A veces también hace falta silencio bueno.
Un abrazo.
Querido Angelote, eso es la cultura woke. Espero que no puedan silenciarte, conmigo de momento no han podido. Sigo llamando negro al negro y marica al marica.
ResponderEliminarYa me conoces y soy muy directa, no pretendo nunca ofender y han habido varias veces que personas que me escuchaban se han acercado a mí y me han dado las gracias por haberme atrevido a llamar a las cosas por su nombre.
una madre agradecida.
Qué alegría leerte de nuevo por aquí. Siempre es un gusto volver a encontrarte en los comentarios.
EliminarTe conozco y sé cómo hablas: directa, sin miedo y sin mala intención. Eso hoy levanta ampollas, pero también despierta a más de uno.
Este post, fíjate, me nació por algo muy concreto y muy cotidiano. Lo de felicitarnos con “Felices Fiestas”. Me parece bien si no significa nada para ti. Lo que me cuesta entender es que quienes dicen vivir la Navidad en su sentido más hondo no sean capaces de decir “Feliz Navidad”.
Y de ahí tiré del hilo. De cómo vamos cambiando palabras, usando eufemismos, hasta que el lenguaje se va quedando hueco sin darnos cuenta. No por educación, sino por desgaste.
Dicho con un poco de humor: a veces no es lo que se dice, es el diccionario paralelo que algunos traen de serie.
Gracias por estar, por decirlo como te sale y por no tener miedo.
Un abrazo fuerte.
Hablar para comunicarnos es lo que nos diferencia, por eso hacerlo bien, y podemos, es además de necesario precioso y preciso.
ResponderEliminarBuenos días, Ester.
EliminarBienvenida y gracias por pasarte por aquí.
Hablar bien no es un adorno, es la base para entendernos de verdad. Y cuando hay sinceridad y respeto, incluso sin coincidir, se experimenta una libertad muy sana: la de poder decir lo que uno piensa sin miedo y escuchar al otro sin levantar muros.
Un abrazo fuerte.
Cuidemos de no señalar lo que es pecado po caer en omisión. Mateo 16:26 "De que te sirve ganar el mundo si pierdes el alma." Que Dios bendiga a los siete.
ResponderEliminarRamón, contigo siempre toca afinar, que vienes con cita bíblica bajo el brazo.
EliminarTienes razón: callar por comodidad también dice mucho. A veces la omisión pesa más que el ruido.
Gracias por recordarlo y por la bendición, que nunca sobra.
Pero ojo, que ya no somos siete… la bendición habrá que ir ampliándola a los casi diecinueve. Estoy a días de estrenar nieta otra vez si D.q., ya por séptima vez 😂
Un fuerte abrazo.
Eso de lo políticamente correcto hace que la gente tenga temor a expresar cosas que hace unas pocas décadas se decían sin más... A mí esta atroz censura indirecta que impera no me gusta nada, pero es lo que hay. La libertad, no se si poco a poco o con prisas descaradas está menguando...
ResponderEliminarUn saludo, amigo
Gracias, Ildefonso.
EliminarCreo que lo has descrito muy bien: no es tanto una censura abierta como un clima que va empujando a callar. Y eso, poco a poco, se nota.
Esta perversión del lenguaje se va extendiendo como una mala hierba, especialmente en el mundo de la comunicación, y casi sin darnos cuenta acaba dirigiendo y cambiando en muchos su manera de pensar, más por miedo a ser distinto que por verdadera convicción.
La libertad rara vez desaparece de golpe; suele ir encogiéndose entre silencios, miedos y correcciones constantes.
Un abrazo, amigo.
Todo cambia. También el lenguaje, el significado de las palabras. Y no siempre para bien.
ResponderEliminarEn clase de lengua le llamaban a esto "cambio semántico". Con el tiempo, las nuevas generaciones se van apoderando del lenguaje colectivo y lo que antes sonaba bien o era adecuado ahora resulta incorrecto o inusual. Recuerdo cuando en el Quijote Sancho decía aquello de correr como "cabrón". Y los más jóvenes nos regodeábamos con aquella palabra, inadecuada porque se trataba de un insulto muy feo, de una palabrota, cuando en tiempos de Cervantes tan solo se refería al macho de la cabra.
El tema da paro mucho.
Un saludo.
Buenas tardes Cayetano .Es verdad, el lenguaje cambia, y el ejemplo que pones es muy bueno. Ahí se ve claro cómo una palabra puede mutar con el tiempo sin que la realidad que nombraba haya cambiado.
EliminarLo que a mí me inquieta no es tanto que las palabras evolucionen, que eso es natural, sino cuando el cambio no es espontáneo sino dirigido, y acaba condicionando lo que se puede decir y pensar con normalidad.
Te agradezco el comentario, que sin duda ha enriquecido el tema.
Un saludo.
Solo modifico mis palabras cuando creo que el interlocutor está interesado sinceramente en la discusión y no es solo una discusión apasionada en que nos llevamos la contra por tener razón y nada más. Si veo que la persona está lejos de entender qué representan para mi ciertas palabras, empleo otras palabras que puedan acercar la idea a su visión de la vida o el mundo. No por rebajar el contenido de lo que se quiere decir sino para ir acercándose.
ResponderEliminarPor ejemplo hoy no puedes decir en cualquier ambiente "hay que ser buen cristiano", ni siquiera entre gente bautizada lamentablemente. Poder decirlo puedes, pero quizás ni lo entiendan, a eso me refiero. Pero tampoco quieres decir "hay que ser buena persona" (porque tú sabes que ser buen cristiano significa mucho más). Entonces dices "yo creo que lo importante es ser buena persona pero qué es realmente ser una buena persona?", y dejas abierto el camino para ir llegando.
Como que no dices todo de golpe. No para evitar el rechazo, sino para evitar el choque que anule la posibilidad de seguir (si es que hay voluntad de seguir).
Se que hay quien no piensa como yo. Quien piensa que hay que ir al choque y nada, allá el otro con su alma si quiere escuchar o no. Yo no estoy tan de acuerdo con eso. No digo tampoco que nunca se necesario. Hay momentos y situaciones. Todo depende de si uno está educando a un joven, discutiendo con viejos amigos, en la sala de espera del medico, votando por una ley en el congreso de diputados o donde sea.
¿Cómo hablar hoy de castidad? ¡Qué difícil! Pureza es una buena palabra para ir acercándonos, ¿no? El placer no es malo, a veces hay que aclararlo, lamentablemente. Pero el exceso en todo es malo, otra frase trivial pero que cualquiera puede entender y donde podemos obtener un acuerdo de base. Luego tocar el tema de la necesidad de alinear ciertas cosas, que son solo medios, hacia un fin superior... (ahí habrá que ver si hay acuerdo en el fin superior que persiguen los que están hablando, sino va a haber que ir más atrás jaja)
Buenas tardes Juan Ignacio. Empecé a leerte en el móvil, pero enseguida me di cuenta de que no era un comentario para leer deprisa ni entre cosas. Preferí dejarlo y retomarlo al llegar a casa, sentarme con calma delante del PC y leerlo entero, como merece. Y la espera valió la pena.
EliminarSe agradece cuando alguien se toma el tiempo de ordenar lo que quiere decir y de explicarlo con calma. No es fácil hacerlo así, y menos en un espacio tan limitado como el de los comentarios.
Mientras leía tenía la sensación de estar escuchando a alguien que ha vivido conversaciones parecidas, que ha tenido que explicar, esperar, probar caminos distintos… y que escribe desde ahí, no desde una ocurrencia del momento.
Gracias de verdad por el tiempo que has dedicado a escribirlo y por compartirlo aquí.
Lo triste es cuando tú propia familia y otros católicos no entienden lo que quieres decir y se molestan. Del mundo espero eso pero no de los más cercanos. Tuve que oponerme al aborto con mi cuñada, que va a misa. Un beso
ResponderEliminarGracias Susana . Eso duele especialmente, porque cuando viene de los más cercanos uno no se siente discutido, sino malentendido. Y más cuando se comparte fe.
EliminarMe he visto en situaciones como la que cuentas con tu cuñada y muestran lo difícil que es hablar de ciertas cosas incluso dentro de casa, sin que se confunda la convicción con falta de cariño. Mantenerse firme sin romper no es nada fácil.
Aun así, ser coherente y hablar desde el respeto ya es un acto muy grande, aunque no siempre se entienda en el momento.
Un beso.
Despures de leerte, despacio y saboreando cada palabra, dejando abierta esa puerta a la participación del otro, me he sentido identificada con cada situación que plasmas en tu spot, nos van cambiando a poquito, como el que no hace la cosa, menos mal que aún quedan pensantes y personas que trasmiten lo que realmente sienten.
ResponderEliminarhe leído los comentarios y aunque todos son magnificos me ha llegado profundamente el de Juan Ignacio, ese buscar caminos en la palabra y la postura que puedan acercarnos sin imposiciónes pero si con verdad, felicidades por estas reflexiones que dejan mucho para pensar
Un abrazo
Stella, gracias de verdad por leer así, despacio y con atención. Se nota cuando alguien no pasa por encima de las palabras, sino que las deja reposar y las contrasta con su propia vida. Que te hayas sentido identificada me alegra especialmente.
EliminarEs verdad eso que dices: nos van cambiando poco a poco, casi sin darnos cuenta. Por eso es tan importante parar, pensar y poner palabras a lo que sentimos antes de que otros lo hagan por nosotros. Saber que aún hay personas pensantes, sensibles y honestas, reconforta mucho.
Me alegra también que menciones el comentario de Juan Ignacio. Esa búsqueda de caminos desde la palabra, sin imposiciones pero con verdad, es justo el tipo de diálogo que merece la pena cuidar. Ojalá sepamos escucharnos más desde ahí.
Gracias por estar, por decir y por compartir.
Un abrazo grande.
Suscribo cada palabra, en ellas hay clarividencia y precisión.
ResponderEliminarMe ha encantado leerte.
Un saludo.
Gracias, Ángela.
EliminarMe alegra mucho que te haya llegado así. Gracias por leer con esa atención y por detenerte a dejar tus palabras.
Un abrazo grande.