Esta semana habrá un post más de lo habitual. El de Todos los Santos y los Difuntos tenía sentido este fin de semana, pero dejarlo en portada hasta el jueves ya no. Por eso he preferido publicar hoy esta nueva entrada.
Salir de una mala etapa ya cuesta bastante. Lo que uno no espera es descubrir que, para los demás, todavía sigue dentro. Ha cambiado de vida, procura no volver atrás y, sin embargo, basta una mirada o una frase para comprobar que siguen tratándolo como antes.
No estoy hablando de esconder lo ocurrido ni de pedir que todo se olvide de un día para otro. Algunas equivocaciones hacen daño de verdad y rompen la confianza. Quien se ha metido en ciertos líos no puede pretender salir diciendo que aquello fue una mala tarde y aquí no ha pasado nada. Reconocer lo hecho, pedir perdón cuando corresponde y reparar lo que sea posible es lo mínimo que se le puede pedir.
Pero llega un momento en que la persona intenta empezar de nuevo. A veces ha necesitado ayuda y más de un intento para salir. Cuando por fin empieza a vivir de otra manera, se encuentra con algo que no esperaba: nosotros seguimos esperando que vuelva a caer.
Consigue por fin un trabajo y alguien cuenta lo que hizo para que los demás estén alerta. Si empieza una relación, aparece el aviso de que ya sabemos cómo es. No hace falta insultarlo ni cerrarle una puerta. Tampoco se lo decimos siempre a la cara. A veces basta con dejarlo fuera de una reunión o hablar de su pasado en cuanto se marcha. Así dejamos claro que, para nosotros, nada ha cambiado.
Me pregunto cuánto tiempo tiene que pasar para que dejemos de identificar a una persona con lo peor que hizo. A cualquiera nos gusta pensar que podemos cambiar, pero nos cuesta bastante creer en el cambio de los demás. Para nosotros pedimos que se tenga en cuenta el mal momento. Al otro le entregamos una etiqueta y nos quedamos tan tranquilos.
También es verdad que la confianza no se recupera porque quien falló la reclame. La persona engañada tiene derecho a protegerse. Hay relaciones que no pueden recuperarse y heridas que tardan mucho en cerrar. Conceder a alguien la posibilidad de rehacer su vida no obliga a la persona dañada a recibirlo de nuevo ni a comportarse como si nada hubiera ocurrido. Son cosas distintas y conviene no mezclarlas.
Muchas veces juzgamos desde fuera sin conocer bien la historia. ¿Cuántos conocemos de verdad a la persona que estamos juzgando? ¿Cuántos podemos decir que nunca nos metimos donde no debíamos? A lo que sabemos le añadimos lo que suponemos y terminamos hablando de esa persona como si aquello explicara todo lo que es. Después nos extraña que se canse de escuchar siempre la misma historia sobre sí misma.
A veces desconfiamos por miedo a que nos engañe otra vez. Nadie quiere que lo tomen por ingenuo. Además, el "ya lo decía yo" da mucho juego y a veces lo llevamos preparado antes de que ocurra nada. Si vuelve a equivocarse, acertamos. Si no lo hace, decimos que todavía es pronto. Con ese sistema nunca perdemos.
Yo tampoco sé dónde está la medida exacta. No creo que todas las historias sean iguales. Decir que uno ha cambiado no basta. Hay que verlo. Lo que no podemos hacer es decidir de antemano que cualquier intento será falso. Si no aceptamos ninguna señal de cambio, en realidad no estamos esperando pruebas: hemos elegido no creerlas.
Recordarle continuamente su pasado tampoco le facilita las cosas. Lo que haga sigue dependiendo de él, claro. Pero resulta muy difícil vivir de otra manera cuando en el trabajo o entre los conocidos siguen tratándolo como al de antes. Pedimos a la gente que cambie y después le negamos un lugar cuando lo intenta.
Yo no me veo con autoridad para señalar para siempre a quien se equivocó delante de más gente. Podemos reconocer lo ocurrido y mirar también lo que hace ahora.
Si alguien regresa después de haber pasado por una de esas etapas, no siempre necesita que le recordemos el peligro. Seguramente lo conoce mejor que nosotros. Puede que lo más difícil para él sea entrar en una conversación sin notar que todos están esperando una explicación. Si vuelve a sentarse a nuestra mesa, hagámosle sitio. Por una vez, hablemos de otra cosa que no sea su pasado.
Nada es imposible mientras uno vive.
Lo importante de la persona que se equivocó es que lo reconozca. Sin arrepentimiento no hay Redención. Un beso
ResponderEliminarUna vez etiquetado negativamente alguien ya tiene condena de por vida.
ResponderEliminarDe ahí no saldrá para la mayoría de la gente que lo conoce.
Puede que haya gente buena que no sea así y que lo mire con ojos amables y generosos pero no hay mucha gente así.
Una riflessione profonda e molto equilibrata sul diritto di cambiare e sulla difficoltà di liberarsi dalle etichette del passato. Riconoscere gli errori non significa condannare una persona per sempre: anche il rispetto e la fiducia possono lasciare spazio a una nuova possibilità.
ResponderEliminarBuona giornata