Basta con decir que te gusta estar solo para que alguien empiece a preocuparse por ti.
Pasa más de lo que parece. Un hombre come solo en un restaurante y desde las otras mesas lo miran como si le hubieran dado plantón. Él, mientras tanto, disfruta de su menú del día sin tener que repartir las croquetas con nadie. Una mujer sale a caminar sin compañía y le preguntan si ha discutido con el marido o si se lo ha mandado el médico. Te apartas cinco minutos en una comida familiar para respirar tranquilo y, antes de que llegues al tercer minuto, ya tienes una comisión de investigación preguntándote si te pasa algo.
Hemos aprendido a relacionar la compañía con la felicidad y la soledad con el fracaso. Quien tiene la agenda llena parece que vive bien. Quien prefiere quedarse leyendo o pasear sin prisa despierta sospechas. Hasta el lenguaje lo delata. A esa persona la llamamos solitaria, que suena a sospechoso de serie policiaca, o rarita, que ya es un diagnóstico de sobremesa. Si encima te gusta el silencio, ya te han abierto expediente.
Pues no. Que a alguien le guste la soledad no quiere decir que esté triste ni que se esconda de nada. Mucha gente necesita esos ratos para ordenar lo que lleva dentro o para descansar del ruido. Después vuelve a los demás con más paciencia y con más ganas, porque se ha cuidado. Pocas cosas le sientan tan bien al carácter como una hora sin tener que dar conversación.
Se puede pasar una tarde entera sin hablar con nadie y estar la mar de bien. Lo difícil es aguantar una celebración con la sonrisa puesta y la cabeza en otra parte, y eso lo hemos hecho todos alguna vez, asintiendo mientras alguien a quien acabas de conocer te explica, azulejo a azulejo, cómo reformó el baño.
Lo contrario no pasa nunca. A quien no para en casa, que hoy tiene cena y mañana excursión, nadie le pregunta si le pasa algo. Se da por hecho que está estupendamente. En cambio, quien elige un rato de silencio tiene que presentar justificante, casi con sello y firma. Sin embargo, a veces es el que no para quien de verdad huye de algo, y llena cada hueco de gente y de ruido para no quedarse a solas consigo mismo.
Ahora bien, sería injusto quedarme con una sola parte. Dejo fuera, por supuesto, la soledad que no se elige, la de quien ha perdido a alguien o la de quien espera una llamada que no llega. Esa merece un post aparte, y con ella no caben bromas. Tampoco niego que a veces el aislamiento sea un aviso. Cuando alguien deja de salir y pierde el interés por lo que antes le gustaba, conviene prestar atención. La diferencia suele estar en si esa persona vuelve. La soledad elegida tiene puerta de salida, y quien la disfruta la usa.
Por eso la pregunta que hacemos importa. Un "¿te pasa algo?" dicho con cariño puede ayudar a quien lo está pasando mal. Repetido cada vez que alguien busca un momento de tranquilidad, se convierte en una manera de decirle que lo normal es otra cosa. Preguntar está bien. Insistir con el "venga, anímate, no te quedes ahí como una seta" a veces dice más de nuestra incomodidad que de su necesidad. A unos les llena una sobremesa larga con chistes repetidos y a otros un paseo en el que nadie les cuenta nada. Cada cual recarga las pilas donde encuentra el enchufe.
Quien disfruta de sus ratos a solas cuida algo que también necesita. Si luego vuelve a la mesa con ganas de escuchar, esa soledad ha cumplido su función. En mi caso lo tengo muy claro: amo tanto esos ratos a solas como compartir charlas, salidas y planes con la gente que quiero. Una cosa me ayuda a disfrutar más de la otra.
Así que la próxima vez que alguien me vea apartado un rato y me pregunte si me pasa algo, le contestaré que sí. Que estoy muy a gusto. Si quiere, cuando termine, nos tomamos un café y se lo explico con calma. Eso sí, que no se traiga a nadie más, que entonces ya no es lo mismo.
Para los que saben que un rato de silencio también tiene su música.
La soledad buscada es muy buen "enchufe para recargar pilas," Angelo...!
ResponderEliminarEs tan importante estar bien con uno mismo para enfrentar, gestionar y aceptar las circunstancias diarias que, cuando nos falta el equilibrio y la paz, todo se hace cuesta arriba y surge el mal humor y los sentimientos negativos...A solas, y en silencio, dialogamos con nuestro interior, tratamos de entender, comprender y darnos cuenta de que, la vida es maestra y nos va enseñando a ser nuestros propios maestros; a conocernos y aceptar con humildad nuestros fallos y limitaciones; a darnos un margen de confianza y empezar de nuevo cada día, cuidando esa paz y ese equilibrio interior que son fundamentales para seguir adelante...
Al mismo tiempo que somos empáticos con nosotros mismos, aprendemos a serlo con los demás y a darles ese margen de confianza, porque todos somos humanos y muy parecidos...
Asi que si alguien nos pregunta: Qué te pasa, porqué estás solo...? Deberíamos decirle, no estoy solo, estoy conmigo, amigo.
Te dejo mi abrazo entrañable y agradecido por tus buenos temas, compañero de letras.
¡Hola, querido Angelo! Qué lección de sentido común, agudeza y fina ironía nos regalas hoy en Siete en Familia.
ResponderEliminarReflejas con una precisión quirúrgica esaManía social de fiscalizar el silencio ajeno. Esa «comisión de investigación» que se despliega en cuanto uno se aparta a respirar es el retrato fiel de cómo hemos confundido la soledad elegida con la tristeza o la anomalía. Pones el dedo en la llagay con mucha razón: a veces, el verdadero refugio y la mayor muestra de cuidado personal están en esos minutos de pausas sin tener que dar conversación ni justificantes, recargando las pilas donde uno encuentra su propio enchufe.
Me parece impecable también cómo matizas y distingues esa Soledad buscada y sanadora —que siempre tiene puerta de salida— de aquella otra no elegida que merece todo nuestro respeto y atención. Es un texto sabio, cercano y reconfortante para todos los que sabemos valorar el valor incalculable de un rato de silencio.
Muchísimas gracias por traer esta reflexión tan necesaria.
Un abrazo
Me gusta estar solo y acompañado la verdad, depende mas que nada del momento querer mas una cosa u otra
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