Me basta oírme contestar de mala manera a una pregunta sin importancia para darme cuenta de que el problema no era la pregunta. Venía conmigo desde antes. Quien la hizo solo tuvo la mala suerte de estar cerca.
No pasa un día sin que veamos una mala cara o alguien que salta a la mínima. El que espera el autobús resopla y mira el reloj. El del coche que pita en cuanto el semáforo se pone verde. Basta un pequeño retraso para que aparezca la mala educación. En una tienda te atienden con desgana y sales de allí dispuesto a contestar igual al siguiente que se cruce contigo. Cada uno tiene sus problemas y, cuando vamos cansados, cualquier contratiempo parece más grande de lo que es.
Se nota sobre todo cuando algo no sale a la primera. En una cola, basta que alguien tarde un poco para que empiecen los resoplidos. En un mostrador, un error se recibe como si fuera una ofensa personal. Parece que hemos perdido paciencia para las cosas pequeñas y enseguida hablamos al otro como si hubiera salido de casa únicamente para complicarnos el día. Después cada uno lleva ese enfado al siguiente.
Se entiende que terminemos algunas jornadas agotados. Unos pasan muchas horas de pie y otros soportan reclamaciones o trabajos repetitivos. Cada cual conoce el cansancio que se trae a casa. Eso puede explicar nuestro humor, pero no convierte en culpable a quien nos recibe y nos pregunta qué tal nos ha ido.
Suele pasar así. Entramos por la puerta, nos hacen esa pregunta y respondemos que bien, aunque se nota que no es verdad. Entonces aparece un plato sin recoger, alguien vuelve a preguntar algo o encontramos la tapa de un bote mal cerrada, y acabamos saltando por cualquiera de esas tonterías. El plato y la tapa tenían poca importancia. Seguimos discutiendo por dentro con otra persona, solo que ahora tenemos delante a alguien distinto.
Una contestación trae otra. En pocos minutos ya estamos discutiendo de verdad. La persona que nos trató mal seguramente ni se enterará. La discusión se ha quedado en casa, con quien no tuvo nada que ver.
A mí me ocurre. Algunos días me oigo dar una contestación de más y enseguida sé que ese tono venía de antes. Fuera procuro ser educado y no le hablo de cualquier manera a una persona que apenas conozco. En casa, donde tengo más confianza, hablo de una forma que no usaría fuera. No es precisamente para presumir, pero sería absurdo negarlo.
Supongo que descargamos con los más cercanos porque con ellos no necesitamos guardar las apariencias. Podemos contarles que el día ha sido horrible o que estamos agotados. Esa confianza es una suerte. El problema empieza cuando, en vez de contar lo que nos pasa, esperamos que los demás lo adivinen por nuestras caras y respuestas.
Tampoco creo que la solución sea entrar en casa sonriendo como si acabáramos de ganar la lotería. A lo mejor basta con decir: "Hoy vengo atravesado. Dadme un momento y luego os cuento". No hace falta fingir que estamos bien si no es verdad. Nosotros ganamos unos minutos y los demás saben qué está pasando. Mucho mejor que responder "nada" y enfadarnos después porque nadie ha entendido lo que no quisimos explicar.
Yo no siempre me daré cuenta a tiempo. Puede que la mala contestación ya haya salido y que el otro se haya quedado mirándome sin entender nada. Entonces todavía puedo parar y decir: "Perdona, no era contigo". Así reconozco lo que acabo de hacer, sin soltar una explicación larga sobre todo lo ocurrido durante el día.
No quiero refugiarme en eso de que soy así. Si llego cansado o sin ganas de hablar, puedo pedir un poco de tiempo. Si meto la pata, puedo reconocerlo después. No siempre lo conseguiré. Volveré a equivocarme, seguramente. Por lo menos sé que puedo detener una discusión antes de que siga creciendo.
Para la próxima me propongo avisar antes de saltar y pedir unos minutos. Si no llego a tiempo, tendré que pedir perdón. Después ya veremos quién recoge el plato y quién cerró mal el bote. Esa será otra discusión, pero por lo menos será la discusión que toca.
Callar lo que nos pasa puede hacer que acabemos diciéndolo de la peor manera.
There is that saying that all of us are dealing with our own private battles that others know nothing about and that is why we all need to be as kind to others as possible. Not that it is always easy LOL
ResponderEliminarHola, Angelo.
ResponderEliminarMe identifico totalmente contigo.
Un abrazo y buen día.
Te invito también a visitar mi blog, para variar no salen mis actualizaciones.
Ser consciente de ello ya es un gran paso. Un beso
ResponderEliminar