Hace años, antes de que Halloween se celebrara aquí, lo veíamos en las películas americanas. Salían casas enormes, calabazas en la entrada y niños recorriendo el barrio. En España aquello parecía muy lejano.
Por entonces, el 31 de octubre servía para comprar flores, acordarse de quienes ya no estaban y vigilar que nadie se comiera los huesos de santo antes del café. Ahora uno entra en el supermercado a por una botella de leche y se encuentra una calabaza de plástico con cara de haber visto el precio del aceite. A su lado hay arañas de goma, dedos de gominola y una dependienta colocando el turrón. Uno no sabe si comprar caramelos o ir encargando los regalos de Reyes.
Con los adornos empieza otro problema. Los escaparates de Halloween me parecen feísimos. Telarañas sintéticas, murciélagos de plástico, calabazas iluminadas y esqueletos colgando. Por mucho que los coloquen con esmero, no consigo ver dónde está la gracia ni qué se supone que embellecen de verdad. Todo negro y naranja, como si la tienda llevara cerrada desde la primavera. Encima lleva su trabajo conseguir que un escaparate parezca que no lo han limpiado en meses.
La noche empieza mucho antes, en cuanto los niños anuncian el disfraz. Ya no vale una sábana vieja con dos agujeros. Eso era un fantasma pobre, pero eficaz. Ahora el niño quiere ir de personaje que el adulto no conoce y cuyo traje solo se vende por Internet. Cuando llega, trae una capa, dos correas, una máscara de plástico y unas instrucciones en seis idiomas que no aclaran dónde va cada cosa. El padre termina sujetando una espada luminosa y preguntando si no quedaba libre el disfraz de esqueleto.
Después llega la pintura de la cara. La fotografía del envase muestra un vampiro elegante. En casa sale un señor que parece haberse cortado afeitándose dentro de un autobús. Da igual. Se apaga la luz, se enseña un poco menos la mejilla izquierda y ya tenemos criatura de la noche.
El truco o trato existe, pero yo solo lo he visto en algunos barrios. Aquí Halloween se nota más en los disfraces, los escaparates y los carteles de los bares. Algunos niños se disfrazan para el colegio o alguna actividad. Los adultos lo tenemos todavía más fácil: basta que un local ponga dos telarañas en la entrada y anuncie una fiesta. De casa en casa, al menos por donde yo vivo, no suele ser lo habitual.
También hemos hecho nuestra mezcla. La calabaza comparte sitio con las castañas, los panellets y los boniatos. Uno puede ver a un vampiro comiéndose una ración de bravas, cosa que dudo que aparezca en las instrucciones originales de Halloween. El disfraz dura hasta que molesta la máscara y la capa termina colgada en el respaldo de una silla. Eso sí lo reconocemos aquí.
Luego aparecen los adolescentes. Miden metro ochenta, llevan una raya negra en la mejilla hecha con un lápiz de ojos y dicen que van disfrazados. Uno busca el resto del disfraz, pero no hay más. Ellos aseguran que así van de supervivientes de una serie que los mayores no conocemos. Se acepta la explicación porque tampoco es momento de discutir detalles.
Los adultos tampoco nos quedamos atrás. Hay quien pasa octubre diciendo que Halloween es una americanada y el 31 bebe cerveza con un zombi. Las tiendas llenan los escaparates de calabazas y disfraces hasta conseguir que una fiesta que apenas conocíamos parezca obligatoria. El marketing sabe hacer su trabajo. Pone delante todo lo necesario para celebrarla y consigue que nos sintamos raros si no compramos nada. Protestamos mientras damos vueltas con unos colmillos de plástico en la mano. Nos pasamos media vida criticando cosas mientras hacemos cola para participar, no vaya a ser que todos se diviertan menos nosotros.
Eso me recuerda a El traje nuevo del emperador. En el cuento todos fingían ver un traje que no existía. Nosotros hacemos otra cosa: fingimos no ver que estamos haciendo justo lo que criticamos. Pues yo prefiero hacer de niño y gritar que el emperador está desnudo. Después me iré a por unas buenas castañas calientes. Si queda una chocolatina, también. Las chocolatinas no tienen la culpa de nada.
Con estas calaveras, hasta el vecino que protesta acaba moviendo el esqueleto.
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