Reflexiones que nacen de vivir, pensar y seguir preguntando

24/08/2026

La libreta no se fue de vacaciones

Hombre mayor de pelo canoso escribiendo en una libreta junto a una ventana abierta, con una taza de café y un portátil cerrado sobre la mesa de madera.

Presumí de estar desconectado. Alguien, dentro de casa, siguió trabajando por su cuenta.

Os he echado de menos. No puedo decir lo mismo de Facebook, Instagram ni del desfile de notificaciones que no para a ninguna hora. El descanso me ha sentado bien. Durante estas semanas no he tenido que pensar en publicaciones ni en horarios, y he podido dedicarle tiempo a otras cosas que también me relajan. Porque descansar no consiste en quedarse mirando a la pared con la mente en blanco, como un pasmarote. Descansar de verdad es cambiar de aire, meterse en tareas distintas, aprender algo nuevo o dedicarle horas a un proyecto que tengo entre manos, que precisamente este parón del blog me ha venido de perlas para adelantarlo. Eso es lo que a mí me despeja la cabeza, parar un rato el ruido de cada día.

Cuando colgué el cartel de "Cerrado por vacaciones" os dije que el teclado se marchaba de descanso. Y cumplió. Lo que no conseguí mandar de vacaciones fue la cabeza. En mitad de una conversación, durante un paseo o esperando mi turno en cualquier sitio, aparecía una idea y acababa anotándola. La libreta siguió trabajando mientras su dueño presumía de estar desconectado.

Hace unos días, revisando los correos que me habéis enviado durante el verano, encontré uno con una pregunta muy directa: "¿De dónde sacas la inspiración para escribir dos posts cada semana sin desfallecer en el intento?" Pensé en contestar en privado, pero luego vi que la respuesta era una buena forma de volver a abrir el blog.

Casi siempre llevo una libreta pequeña encima. No porque espere encontrarme la inspiración a la vuelta de la esquina, sino porque no me fío un pelo de mi memoria. Cuando no la tengo a mano, tiro de las notas del móvil. Apunto frases, preguntas, escenas y palabras sueltas que en aquel momento me parecen clarísimas y que, al leerlas unos días después, no sé qué demonios significaban. Supongo que también forma parte del oficio.

Las ideas suelen aparecer en sitios bastante poco literarios. Una cola del supermercado, una charla con un amigo, una ocurrencia de alguno de mis nietos, una respuesta pillada en la mesa de al lado o una noticia que me enfada más de la cuenta. A veces alguien suelta una frase que se me queda rondando durante horas. Otras soy yo quien hace el ridículo y, pasada la vergüenza, comprendo que al menos puede servir para el post del jueves.

Anotarlo todo no significa que todo termine publicado. La mayoría de esas notas se quedan olvidadas, y algunas merecen quedarse ahí para siempre. Para los jueves busco situaciones en las que cualquiera pueda reconocerse y reírse un poco de sí mismo. Los domingos necesito que el asunto me plantee alguna pregunta de verdad, aunque no siempre dé con la respuesta.

Mi fe también está desde el principio. No la añado al final para darle al texto un cierre piadoso, porque forma parte de mi manera de mirar lo que ocurre. Una conversación, una preocupación familiar o una noticia se entienden de otra manera cuando uno intenta mirarlas desde lo que cree. La misa y la Palabra de Dios tienen mucho que ver en ello. Puedo escuchar un pasaje que conozco desde hace años y descubrir de pronto una frase que suena distinta, porque yo ya no soy el mismo que la escuchó la vez anterior.

Así van naciendo los posts de este blog: algunos en la iglesia, otros en el supermercado y unos cuantos después de meter la pata. No vuelvo con toda la temporada cerrada, pero sí con dos o tres ya escritos, esperando su turno. Y ese turno no siempre se respeta: a veces surge un tema más oportuno, lo escribo casi de un tirón y se cuela antes que los que llevaban semanas en la carpeta.

Gracias a quienes habéis escrito durante el descanso, a quienes habéis preguntado por la vuelta y también a quienes habéis respetado el silencio sin olvidaros de este rincón. Hoy solo abro otra vez la puerta. El jueves, si Dios quiere, recuperamos el ritmo de siempre. El teclado ya está en su sitio y la libreta, como veis, no ha perdido el tiempo.

Ni la mejor idea se salva sin un rato a solas y una hoja delante.

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