Voy por la calle, con la cabeza en mis cosas, cuando una iglesia que no conozco me hace aflojar el paso. No sé qué tiene esa puerta ni por qué siento que me invita a entrar, pero estoy convencido de que dentro encontraré unos minutos de serenidad. Sin más razón que esa, cruzo la puerta.
Nada más entrar busco un banco y me siento. Me gustaría decir que desde el primer momento consigo recogerme y rezar con una atención admirable, pero no es verdad. La iglesia está en silencio; mi cabeza, no. Los asuntos que traía de la calle han entrado conmigo y empiezan a pasar uno detrás de otro, precisamente ahora, con una puntualidad que nunca tienen cuando necesito acordarme de ellos.
Procuro dejarlos pasar y vuelvo a intentarlo. Durante un rato voy de la oración a mis preocupaciones y de mis preocupaciones a la oración. No será la forma más ordenada de rezar, pero es la mía. Poco a poco dejo de buscar las palabras adecuadas. Me quedo allí, delante de Dios, con todo bastante revuelto y sin saber muy bien qué decir. Eso basta para que empiece a sentir la serenidad que esperaba encontrar al entrar.
No siempre salgo con una idea clara ni con una respuesta. Tampoco he recibido nunca instrucciones directas del cielo, aunque reconozco que me ahorrarían mucho tiempo y unas cuantas equivocaciones. Lo que encuentro es algo mucho más modesto: unos minutos durante los cuales no tengo que decidir nada. Puedo estar quieto, dejar de apretar los dientes y aceptar que algunas cosas seguirán pendientes cuando vuelva a la calle.
Pensando en esas entradas inesperadas me acordé de Paul Claudel. Su historia fue muy distinta y bastante más profunda. Tenía dieciocho años, había perdido la fe y el día de Navidad de 1886 entró en Notre Dame de París sin ninguna intención religiosa. Empezaba a escribir y creyó que las ceremonias católicas podrían proporcionarle sensaciones y material para sus textos. Asistió por la mañana a misa y quedó poco impresionado. Por la tarde regresó a las vísperas porque, según contaría él mismo, no tenía nada mejor que hacer.
Estaba de pie entre la multitud, junto al segundo pilar de la entrada del coro, mientras los niños cantaban el Magnificat. Entonces sucedió algo que marcó su vida. Años después lo resumió con una frase que, traducida al español, dice: "En un instante, mi corazón fue tocado y creí". Sintió que Dios existía, que estaba allí y que lo llamaba. Llegaron las lágrimas y los sollozos, pero no salió de la catedral con todo resuelto. Sus ideas anteriores seguían en pie y comenzó una lucha interior que duraría varios años. No volvió a comulgar hasta la Navidad de 1890.
Su experiencia, por cierto, no ocurrió en una iglesia vacía ni en silencio. Notre Dame estaba llena y el coro cantaba. Esa diferencia es importante: lo que une su historia con la mía no es la quietud, sino haber cruzado una puerta sin saber qué encontraría dentro. Él iba buscando una cosa y encontró otra completamente distinta.
Ese detalle cambia bastante la historia. Es fácil contar una conversión como si todo quedara colocado de repente y desde ese momento ya no hubiera dudas ni tropezones. A Claudel no le ocurrió así. Aquel instante fue decisivo, pero después necesitó cuatro años para volver plenamente a la práctica religiosa. Dicho de ese modo, su experiencia me parece mucho más humana.
No comparo lo que le sucedió con mis visitas a una iglesia desconocida. Yo entro buscando un poco de serenidad y él encontró algo que no imaginaba. Lo que sí reconozco en su historia es haber cruzado la puerta sin saber aún por qué merecía la pena hacerlo. Claudel pensaba obtener material para escribir y acabó encontrándose con Dios. Yo me conformo con conseguir que mi cabeza se calle durante unos minutos, tarea bastante menos extraordinaria, pero tampoco sencilla.
Cuando salgo, la calle continúa exactamente igual. Los coches siguen pasando y mis asuntos pendientes me esperan donde los dejé. No he solucionado nada, pero camino algo más despacio. A los pocos metros mi cabeza suele intentar recuperar el tiempo perdido y vuelve a ponerlo todo en marcha. Por lo menos, durante un rato, ha aceptado darme una tregua.
Una canción sobre la confianza cuando no siempre entendemos lo que ocurre a nuestro alrededor, pero seguimos caminando.
Hay una forma de amor de la que hablamos poco: la que consiste en no volvernos la espalda cuando la vida no nos gusta, cuando nos equivocamos, cuando sentimos miedo o cuando ni siquiera sabemos qué nos pasa.
ResponderEliminarNos han enseñado a exigirnos mucho. A seguir adelante, a poder con todo, a encontrar soluciones. Pero pocas veces nos enseñaron a tratarnos con ternura cuando no podemos más.
Y quizá el amor propio empiece ahí. No en mirarnos al espejo y convencernos de lo maravillosos que somos, sino en dejar de tratarnos como si tuviéramos que ganarnos el derecho a estar en paz.
En aceptar que habrá días en los que no seremos nuestra mejor versión. Días en los que nos pesará el pasado, nos asustará el futuro o nos faltarán las fuerzas para afrontar el presente.
Y no por eso mereceremos menos amor.
Quererse también es reconocer lo que hemos permitido por miedo a perder a alguien. Las veces que callamos para no incomodar, que nos conformamos para no quedarnos solos, que nos exigimos ser fuertes cuando lo único que necesitábamos era descansar.
No siempre podremos cambiar lo que nos sucede. Tampoco podremos evitar todas las heridas. Pero podemos aprender, poco a poco, a no añadirnos más dolor culpándonos por sentirlas.
Porque la vida no deja de ser valiosa cuando nos sentimos rotos. Ni nosotros dejamos de serlo cuando ya no sabemos cómo recomponernos.
Amémonos en el proceso.
Sigue entrando en cada iglesia abierta
dentro existe la calma necesaria para cada día.
Un abrazo
Estimado Ángelo, no sé si tu mensaje o el de Toñi me han emocionado más. Nada se calma de un día para otro, creo que lo importante es dar el primer paso, a veces puede ser entrar en la Iglesia a buscar silencio, lo demás, los cambios de pensamientos, tener fe, vienen cuando tienen que llegar, Él sabe cuando.
ResponderEliminarUn abrazo.
Angelo, me ha gustado mucho esa manera tan sencilla y honesta de contar algo que muchos hemos experimentado alguna vez: entrar en una iglesia buscando silencio y descubrir que el mayor ruido lo llevamos dentro.
ResponderEliminarTambién me ha parecido muy acertado el paralelismo con Paul Claudel. Nos recuerdas que las cosas importantes rara vez suceden de forma instantánea y perfecta. A veces todo empieza simplemente cruzando una puerta, dando un paso que no sabemos explicar del todo, y dejando espacio para que ocurra algo inesperado.
Me quedo con esa imagen final de salir a la calle sin haber resuelto los problemas, pero caminando más despacio. Hay una profunda sabiduría en aceptar que no siempre necesitamos respuestas inmediatas, sino una tregua que nos permita seguir adelante con más serenidad.
Qué placer leerte y reflexionar contigo.
Un fuerte abrazo, Angelo.