Reflexiones que nacen de vivir, pensar y seguir preguntando

03/05/2026

Cuando ya no quede nadie de nosotros

Cuando ya no quede nadie de nosotros | Siete en Familia
Hombre de espaldas contemplando un horizonte luminoso desde un acantilado entre ruinas de piedra y un árbol solitario bajo un cielo estrellado.

Mirar de frente el paso del tiempo cambia la manera de entender lo que hacemos cada día. A veces basta una simple pregunta para sacudir muchas certezas que damos por seguras.

Dentro de ciento veinte años el mundo seguirá lleno de gente. Habrá ciudades iluminadas por la noche, hospitales funcionando, niños naciendo cada día y personas que se conocerán por primera vez sin imaginar siquiera que nosotros existimos. Habrá conversaciones, proyectos, preocupaciones y sueños nuevos. La vida continuará con absoluta normalidad. Pero, con la improbable excepción de una o dos personas, ninguno de nosotros estará allí.

Hoy vivimos en la Tierra más de ocho mil millones de personas. Ocho mil millones de historias distintas desarrollándose al mismo tiempo. Sin embargo, dentro de ese plazo toda esta generación habrá desaparecido. El mundo seguirá adelante igual que siguió después de quienes vivieron antes que nosotros.

A pesar de ello, rara vez vivimos teniendo presente esa realidad. Organizamos nuestros días como si el tiempo fuera prácticamente ilimitado. Hacemos planes, acumulamos preocupaciones, nos inquietamos por asuntos que dentro de unas décadas ya no tendrán ningún significado. Sabemos que la muerte existe, pero preferimos mantenerla lejos de nuestros pensamientos.

Cuando alguien se detiene a pensar en ello aparecen muchas interpretaciones. Algunos creen que todo termina ahí, que la muerte es simplemente apagarse y que la conciencia desaparece con el cerebro. Otros hablan de reencarnación, de transformación de la conciencia o de experiencias cercanas a la muerte que apuntarían a algo más. También están quienes, sin afirmarlo con rotundidad, sienten que la muerte no puede ser solo un apagón definitivo.

Cada persona intenta responder a esta pregunta como puede. Algunos miran hacia la ciencia, otros hacia tradiciones espirituales muy antiguas, otros hacia experiencias personales que les han marcado profundamente. No es extraño. La muerte siempre ha sido uno de los grandes interrogantes de la existencia humana.

En mi caso, quienes leéis este blog sabéis desde dónde suelo escribir. No parto de una intuición vaga ni de una teoría más entre muchas. Escribo desde la esperanza concreta que ofrece la fe cristiana. Esa esperanza no elimina el misterio de la muerte, pero cambia profundamente la forma de mirarla.

Ahora bien, incluso dejando a un lado la fe, hay una pregunta que merece la pena plantear con sinceridad. Si al final todo terminara en la nada absoluta, ¿qué valor tendrían nuestras decisiones? ¿Qué habría significado amar a alguien, cuidar de un hijo, acompañar a un enfermo, perdonar una ofensa o renunciar a algo por el bien de otro? Si todo terminara en un apagón definitivo, cabría preguntarse si todo eso habría sido simplemente un episodio pasajero sin ningún peso último.

Y lo mismo ocurre cuando miramos el otro lado. Si todo acabara en el mismo silencio, ¿qué diferencia habría entre ayudar o aprovecharse, entre construir o destruir, entre proteger la vida o despreciarla? Si la muerte fuera realmente el final de todo, el bien y el mal terminarían diluyéndose en el mismo punto.

Esta inquietud no nace solo de una reflexión religiosa. Forma parte de la experiencia humana más profunda. El ser humano siempre ha intuido que nuestras decisiones tienen un peso real, que lo que hacemos importa y que la vida no puede reducirse a una sucesión de actos sin sentido.

La fe cristiana entra precisamente en esa inquietud. Y lo hace con una afirmación sencilla y al mismo tiempo enorme: la muerte no tiene la última palabra. El cristianismo no se apoya en una teoría sobre lo que ocurre después de morir, sino en un acontecimiento que está en su origen: la resurrección de Cristo. Por eso san Pablo escribió una frase que sigue resonando después de tantos siglos: "¿Dónde está, muerte, tu victoria?" (1 Corintios 15,55).

Dentro de ciento veinte años ninguno de los que hoy estamos vivos seguirá aquí. La pregunta importante no es si moriremos. La pregunta es otra, y cada uno tendrá que responderla en lo más profundo de su conciencia: si realmente cree que la muerte es el final.

Cuando todo parece terminado, el Evangelio recuerda que la última palabra nunca pertenece a la muerte.

3 comentarios

  1. Pienso que preguntarnos y tomar conciencia que la vida, aquí en la tierra, ¿es solo un tránsito o no a otra vida?… es de las preguntas a nivel personal más trascendentes y necesarias para vivir con más plenitud y más sentido. Como bien dices en tu reflexión: “Si la muerte fuera realmente el final de todo, el bien y el mal terminarían diluyéndose en el mismo punto.”

    Qué pena todo, no? Qué poco sentido tendría todo lo que hacemos y qué vacío más profundo deja vivir así, creyendo que lo que nos espera en NADA.

    Gracias a Dios, gracias al don de la fe, para mi la muerte tampoco es el final, al contrario es el principio de una vida más plena y feliz, porque yo no creo el “Algo” como oigo decir a muchas personas, yo creo en ALGUIEN, creo en un Dios personal, encarnado en Jesucristo que está Vivo y Presente en mi vida, que me ama, me cuida, me levanta y nunca se cansa de buscarme y de perdonarme.
    Vivir sobrenaturalizando lo natural, con sentido de trascendencia, lo cambia todo.

    Muchas gracias Angel, que importante que nos hagas pensar.
    Un abrazo fuerte.

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    Respuestas
    1. Ah, me ha encantado la canción, no la conocía. Precioso el vídeo y què real.

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  2. Dentro de ciento veinte años,
    la idea que tengo del mundo,
    es la del cine, no hablo de lo
    que nos pintan en Blade Runner,
    ni otras del estilo, el cine , es
    visionario, nos han hablado de
    una Tierra, que no será reconocible,
    no como ahora, de cualquier manera,
    me tendrá que dar lo mismo, total,
    no estaré, y no quisiera, no me
    quiero quedar, para ver un planeta,
    totalmente erial, lo tengo claro,
    buenas noches, un saludo.


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