La persecución que nadie quiere mirar
Hace unos días escribí aquí sobre mi fe. Sobre cómo nació, sobre las dudas que la acompañaron durante años y sobre la forma tranquila, no perfecta, con la que hoy intento vivirla. Mientras publicaba aquel texto me vino una idea a la cabeza que no se me ha quitado desde entonces. Algo bastante simple, en realidad: nosotros podemos hablar de Dios con total normalidad. Podemos escribir sobre la fe en un blog, entrar en una iglesia un domingo cualquiera, sentarnos en un banco y rezar, y lo hacemos sin miedo. Tan normal que ni lo pensamos. Pero en muchas partes del mundo no funciona así.
Mientras nosotros debatimos sobre la fe desde el sofá o desde el teclado, hay cristianos que simplemente por reunirse a rezar pueden acabar asesinados. Dicho así suena duro, y lo es. Lo extraño es que apenas lo tengamos presente. Lo más desconcertante no es solo que eso ocurra, sino lo poco que se habla de ello. Cuando una tragedia estalla en otras partes del mundo las redes se llenan de análisis, indignación y palabras solemnes. Aquí, en cambio, reina un silencio extraño. No porque falten datos ni testimonios, sino porque simplemente no ocupa espacio en la conversación pública.
La persecución de cristianos en distintos lugares del mundo lleva años documentándose por organizaciones como Ayuda a la Iglesia Necesitada y Open Doors, y aun así sigue siendo una realidad prácticamente invisible para la mayoría.
Hay además algo que resulta difícil de ignorar cuando uno mira el panorama con un poco de calma. Vivimos en una época muy rápida para señalar culpables y muy lenta para entender lo que ocurre de verdad. Nos sumamos con facilidad a causas que merecen la condena más rotunda, repetimos consignas, compartimos indignación y sentimos que con eso ya hemos cumplido. Pero muchas veces esa indignación se queda en la superficie.
También vivimos en una época muy dada a los gestos rápidos. Nos resulta fácil salir a la calle, repetir consignas que suenan bien y sentir que ya hemos cumplido con nuestra parte. A veces ni siquiera sabemos con precisión qué está detrás de aquello que estamos defendiendo. Basta con que la causa encaje con la sensibilidad del momento o con la corriente dominante. El problema es que muchas veces todo termina ahí. Mucho gesto, mucho grito, pero muy poco conocimiento real de lo que está ocurriendo.
Lo más llamativo es que esta información no está escondida ni es difícil de encontrar. Cualquiera que tenga curiosidad puede localizarla en pocos minutos. Los informes están publicados, las cifras se actualizan cada año y los testimonios se difunden con bastante claridad. Y, sin embargo, la mayoría simplemente no lo hace.
Hace apenas unos días, además, la Santa Sede recordaba en una intervención ante el Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas que trece cristianos mueren cada día en el mundo por causa de su fe. Trece al día. No es una expresión dramática; es una media basada en datos reales. Si uno lo piensa un momento, significa que mientras terminamos de leer estas líneas alguien, en algún lugar del planeta, está siendo perseguido, secuestrado o asesinado simplemente por ser cristiano.
Muchas de estas muertes no tienen nada de abstracto cuando uno se detiene a mirarlas de cerca. Son asesinatos brutales contra personas concretas. Hace años circularon por la red imágenes que todavía cuesta olvidar: el asesinato de veintiún cristianos coptos en una playa de Libia. No era una metáfora. Era odio real.
Uno de los lugares donde esta violencia se ha vuelto más constante es Nigeria. Durante más de una década distintas regiones han sufrido ataques repetidos contra comunidades cristianas. Iglesias atacadas durante la misa, pueblos identificados por su población cristiana o sacerdotes convertidos en objetivos directos.
La situación tampoco se limita a Nigeria. En países como Burkina Faso, Mali o Mozambique la expansión de grupos yihadistas ha provocado ataques contra comunidades cristianas, el cierre de parroquias y el desplazamiento de miles de personas.
También ocurre algo parecido en México, aunque el contexto sea distinto. Allí la amenaza no viene del yihadismo sino del narcotráfico. En varias regiones los cárteles han convertido a algunos sacerdotes en objetivos por denunciar la violencia o negarse a colaborar.
Cuando uno se detiene a mirar todo esto con calma aparece una pregunta incómoda. ¿Cómo es posible que sepamos tan poco? Quizá la respuesta sea bastante sencilla. Vivimos cómodos. Nuestra fe no nos cuesta nada en términos de seguridad personal. Cuando una realidad no afecta directamente a nuestra vida es fácil dejarla fuera de nuestro horizonte.
Dentro de muy poco volveremos a entrar en los días de la Semana Santa. Aquí los viviremos entre procesiones y tradiciones. Pero para muchos cristianos perseguidos esos días tienen un significado mucho más literal. Por eso siguen viviendo su fe incluso cuando hacerlo implica riesgos muy reales.
Mirar esta realidad con un poco de honestidad obliga al menos a hacerse una pregunta sencilla. No tanto por qué ocurre la persecución, sino por qué sabemos tan poco sobre ella. Tal vez el problema no sea solo la violencia que ocurre en algunos lugares del mundo. Tal vez también tenga que ver con el silencio con el que nuestras sociedades la contemplan.
Un canto sencillo de confianza que recuerda, incluso en medio de la persecución y el sufrimiento, que la fe no nace de la comodidad, sino de la certeza de que solo Dios basta.
💬 Los comentarios están justo debajo.
Me encantará leer tu sentir; siempre enriquecen este espacio.
Precisamente el viernes estuve en el cine viendo la película " El rostro del perdón". Es bastante violenta porque representa la actualidad de Nigeria. Personas que dan la vida por ayudar a los demás. Es un verdadero ejemplo sobre el que reflexionar.
ResponderEliminarEs muy triste y una realidad.
ResponderEliminarPaso a desearte un feliz día de la poesía y feliz entrada en la primavera.
Celebrándolo en mi ventana.
Un abrazo, Ángelo.
Hola Ángel, sentimos realmente lo que es ser cristiano?
ResponderEliminarEn ocasiones, vivimos cegados por la prisa, la autoconcentración, la saturación, y participamos de otro tipo de miradas que aparecen en los evangelios: miradas de los que murmuran, de los que miran con desconfianza, de los que no esperan nada nuevo, de los que ponen el ojo en lo que falta, miradas que oscurecen y lastiman.
Hoy tenemos la mirada colonizada por las pantallas y podemos mirarnos sin vernos, lo cual nos roba presencia y calidez en las relaciones. Sentirnos vistos es sentirnos queridos y, cuando no sabemos vernos unos a otros, algo de lo humano está fallando. ¿No es verdad que nuestras mutuas miradas pueden desalentarnos o recrearnos? Tristemente, tenemos la experiencia de que podemos vivir juntos y mirarnos cada día sin realmente vernos.
Agradezco tu reflexión, somos vulnerables a guerras sin sentido.
Un abrazo, inmenso!!
No soy cristiano; lo fui pero ahora no lo soy, como sabes. Pero soy consciente de lo que dices y muchas veces me he preguntado por el silencio de occidente ante la persecución de los cristianos del mundo, como bien nos expones. Los progresistas -de los que no soy parte ni socio- se apuntan a todas las ceremonias de solidaridad con los afligidos del mundo empezando por los gazatíes -se olvidan de Sudán que es mucho más terrible-, pero se ignora a los cristianos que sufren persecución en el mundo.
ResponderEliminarPienso que es un caso de autoodio. Como nuestra civilización es cristiana, tiene su origen indiscutible en la trayectoria del cristianismo, y han interiorizado que el cristianismo es opresión, inquisición, bendición del esclavismo, violencia brutal contra los disidentes, interpretan que los cristianos perseguidos se lo han ganado a pulso por no hacerse ateos de conveniencia como ellos. El cristianismo ha tenido perfiles siniestros, de eso no cabe duda, pero también ha sido un polo de irradiación de bondad y fe. Cuando miro los pueblos de España en los viajes, veo siempre una torre de una iglesia que se alza sobre el resto del conjunto. Esa es la iglesia que hace noventa, cien años como mínimo marcaba el trayecto entre la vida y la muerte. Creo que el autoodio -nuestra herencia cristiana- nos lleva a odiar y despreciar que otros sigan creyendo. No es casualidad, no es ignorancia, es autoodio por lo que fuimos, hemos sido y seguimos siendo porque la marca del bautismo nos sigue condicionando, y la mayoría hemos sido bautizados. No hay peor enemigo que el que proviene de la misma hornada.
Un abrazo.