Todo el mundo lo hace
Hay una frase que usamos casi sin pensar y que, aun así, nos resuelve demasiadas cosas. Es breve, suena razonable y suele cerrar cualquier debate antes de que empiece: “todo el mundo lo hace”. La hemos dicho más de una vez, y casi siempre en momentos en los que, si somos sinceros, no teníamos demasiadas ganas de complicarnos. A veces aparece de forma directa y otras disfrazada de costumbre o de sentido común, pero el mensaje es el mismo: no hace falta darle más vueltas. Es práctica, eficaz y, bien utilizada, casi infalible.
El problema es que esa frase no afirma que algo esté bien, afirma algo mucho más cómodo: que no merece la pena revisarlo. No se usa para defender una convicción sino para apagar una duda. Si todo el mundo lo hace, la responsabilidad deja de sentirse personal y se reparte entre muchos. Y cuando se reparte, pesa menos. No porque estemos convencidos, sino porque dejamos de sentirnos solos, que a veces es lo que más incomoda.
La escena es sencilla. Estás frente a un semáforo en rojo y varias personas cruzan antes de que cambie. Sabes que sigue en rojo, pero también sabes que si te quedas quieto serás el único que no avanza. En ese momento no decides entre rojo y verde, decides entre quedarte solo o integrarte. La luz no ha cambiado; lo que ha cambiado es el número de personas que han decidido ignorarla. Y si suficientes cruzan, casi parece que el rojo pierde autoridad, como si la mayoría tuviera capacidad para reinterpretar las normas a conveniencia.
No solemos actuar por mala intención. Actuamos para no complicarnos la vida. Para no parecer exagerados, para no quedar como el raro de la mesa, para no abrir un debate incómodo cuando todo el mundo está relajado. A veces es pura comodidad; otras, miedo al rechazo; y otras es esa forma discreta de rendición social que uno identifica cuando se mira con honestidad. No es espectacular ni trascendente; es diaria. Y precisamente por eso resulta más determinante de lo que parece.
El alcance de esa frase va mucho más allá de un semáforo. Se cuela en conversaciones, en decisiones profesionales, en silencios que mantenemos cuando alguien ridiculiza lo que creemos, en pequeños gestos que contradicen lo que defendemos en teoría. Afecta a ámbitos morales muy concretos de nuestra vida y, poco a poco, va abriendo una grieta entre nuestras convicciones y nuestro comportamiento. No ocurre de golpe, sino a base de concesiones mínimas que, sumadas, terminan dibujando una incoherencia cómoda.
El riesgo está en confundir tranquilidad con rectitud. Tener la conciencia tranquila no garantiza que estemos haciendo lo correcto; solo indica que hemos evitado el conflicto. La paz interior suele llegar después de haber atravesado una incomodidad, no antes. Pensar de verdad obliga a asumir consecuencias, a sostener una postura cuando no es popular y a aceptar que quizá toca actuar de manera distinta a la mayoría. Ese recorrido desgasta y no siempre apetece emprenderlo, sobre todo cuando nadie parece dispuesto a recorrerlo contigo.
Así se construyen certezas que nadie ha examinado. No nacen de la reflexión sino de la repetición. Oímos lo mismo tantas veces que termina pareciendo indiscutible. Vemos el mismo comportamiento hasta que deja de llamarnos la atención. Se aceptan actitudes que, miradas con calma, no resistirían una sola pregunta honesta. Sin embargo, la frase actúa como blindaje. “Todo el mundo lo hace” basta para cerrar el asunto sin necesidad de entrar en el fondo. Es una absolución cómoda y sorprendentemente eficaz.
No se trata de desconfiar de todo ni de ir por la vida llevando la contraria por sistema. La mayoría acierta muchas veces y no todo lo frecuente es sospechoso. El problema empieza cuando la frase deja de ser una constatación y se convierte en argumento moral. Cuando sustituye al juicio personal. Cuando termina siendo la excusa que utilizamos para justificar una incoherencia que, en el fondo, sabemos que existe. Y esa incoherencia no solo nos afecta a nosotros; también es el ejemplo que ofrecemos a quienes nos observan, especialmente cuando esperamos de ellos más firmeza que la que estamos dispuestos a ejercer.
Conviene recordar algo sencillo: que algo sea habitual no lo convierte en justo, y que algo sea común no lo vuelve verdadero. La historia está llena de prácticas mayoritarias que hoy nos resultan difíciles de comprender. El número nunca ha sido garantía de rectitud. Si la única defensa de una conducta es que muchos la comparten, quizá la base no es tan sólida como parece.
Tal vez la próxima vez que esa frase aparezca, merezca la pena detenerse un instante y preguntarse por qué la estamos usando. Si es porque estamos convencidos o porque preferimos no desentonar. Si es coherencia o comodidad. Porque refugiarse en el “todo el mundo lo hace” no elimina la decisión; simplemente la disimula. Y aunque resulte más cómodo sentirse acompañado, eso no siempre significa que estemos siendo fieles a lo que decimos creer.
Está claro: si lo hacen todos, será por algo. No hace falta pensar más.
Me encantará leer tu sentir; siempre enriquecen este espacio.
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