El día sigue. La ceniza se queda
La Cuaresma vuelve. Otra vez. Llega mientras seguimos con la agenda llena y la cabeza en mil sitios. El miércoles algunos nos acercaremos a recibir la ceniza y otros seguirán como si nada. Nadie pasa lista. El tráfico seguirá igual, el pan creo que aún no habrá subido de precio y el grupo de WhatsApp seguirá enviando memes. Y, sin embargo, la Iglesia marca el inicio no con discursos, sino con un gesto. Con un símbolo sencillo que quiere recordarnos algo esencial. No es una imagen poética. Es polvo real. Restos de unas palmas que hace un año agitábamos con entusiasmo. Lo que fue celebración termina reducido a nada, y esa transformación sencilla ya contiene más verdad de la que parece.
No hace falta investigar demasiado para saber cuánto tarda un cuerpo en dejar de ser lo que era. La respuesta es incómoda por lo directa. El proceso empieza en cuestión de horas. En pocos días ya hay cambios visibles. Y en un tiempo sorprendentemente corto, comparado con lo que creemos que dura todo, aquello que parecía firme pierde su forma. Si alguien quiere comprobarlo y sorprenderse de verdad por la velocidad de vértigo, basta con buscar información sobre ello. No hace falta recrearse. Basta con saberlo.Pasa rápido. Más de lo que estamos dispuestos a asumir.
Y mientras tanto nosotros nos enfadamos porque alguien no nos respondió un mensaje. Discutimos media tarde por una opinión política que dentro de seis meses habrá cambiado. Nos obsesionamos con tener la última palabra en una conversación que nadie recordará el año que viene. Es curioso lo intensos que nos ponemos por cosas tan frágiles.
Y eso, llevado al día a día, cambia bastante. Cambia cómo reaccionas cuando alguien te interrumpe. Cambia cómo respondes cuando te llevan la contraria. Cambia cuánto tiempo dedicas a lo que solo alimenta el ego. Porque cuando sabes que todo es limitado, perder una tarde entera por orgullo empieza a parecer un mal negocio.
Hay escenas muy nuestras. El que se molesta tres días porque no lo saludaron. El que revisa quién vio su historia y quién no. El que necesita ganar cada discusión como si le fuera la vida en ello. Y luego llega una noticia inesperada, una enfermedad cercana, un accidente de alguien conocido, y de repente todo se recoloca. Lo que parecía enorme se vuelve pequeño en cuestión de horas.
También solemos reducir la Cuaresma, esos cuarenta días que preparan la Pascua, a pequeños gestos simbólicos. Dejar el chocolate. Reducir el café. Hacer un propósito que sabemos que olvidaremos en abril. Y mientras tanto seguimos igual de impacientes, igual de duros con quien nos incomoda, igual de centrados en nosotros mismos. A veces cambiamos la dieta, pero no el carácter.
No se trata de ponerse trascendente ni de caminar cuarenta días con cara seria. Se trata de algo bastante práctico: si sabes que tu tiempo es finito, úsalo mejor. Llama hoy. Perdona hoy. Escucha hoy. No porque suene bien decirlo, sino porque puede que mañana ya no tengas esa oportunidad.
Dentro de dos días algunos llevarán una marca en la frente durante unas horas. Otros seguirán como cualquier miércoles. El mundo no se va a detener por eso. Pero la pregunta queda ahí, aunque nadie la verbalice: ¿estoy viviendo como si el tiempo importara de verdad?
Vivimos con la sensación de que lo importante siempre puede esperar. Que esa conversación incómoda puede dejarse para más adelante. Que ya habrá ocasión de ordenar prioridades cuando todo esté más tranquilo. El problema es que casi nunca está más tranquilo. Siempre hay algo urgente, algo que absorbe, algo que distrae.
Y al final uno puede pasarse años funcionando en automático. Cumpliendo, produciendo, resolviendo. Sin detenerse a pensar si lo que llena las horas merece realmente tanto espacio. No hace falta dramatizarlo. Basta con observar cualquier semana normal: cuánto tiempo dedicamos a lo que no aporta nada duradero y cuánto a lo que sí.
El miércoles llegará y, para algunos, será un gesto más en el calendario. Para otros, el inicio de un camino. La diferencia no estará en la frente. Estará en si algo por dentro se recoloca o no.
La Cuaresma no me cambia de un día para otro. No me vuelve más paciente ni más profundo por arte de magia. Muchas veces vivimos estos tiempos casi por inercia, porque toca y siempre ha sido así. Yo no quiero que este año sea solo otro más. Yo quiero que a mí me sirva para algo más sencillo: frenar un poco y preguntarme si estoy viviendo como quiero o solo reaccionando a todo lo que me cae encima. Para revisar dónde estoy perdiendo el tiempo y dónde estoy perdiendo algo más importante que el tiempo. Para ajustar pequeñas cosas que, si no las miro ahora, sé que no miraré en mayo.
Así que dentro de dos días comenzará de nuevo ese recorrido. Algunos lo harán de manera visible, otros de forma silenciosa. Pero la invitación es la misma: caminar hacia una vida más verdadera. No perfecta. No impecable. Más real.
Y quizá, cuando llegue la Pascua, podamos mirar atrás y descubrir que no solo pasó el calendario. Que algo en nosotros también se movió.
Aquí estoy, Señor — una invitación a parar y escuchar.
🌿 Si esta reflexión te ayudó, compártela con alguien que lo necesite.
💬 Me encantará leer tu sentir en los comentarios, siempre enriquecen este espacio.
A algunos eso de la cuaresma nos da lo mismo.
ResponderEliminarSin embargo, no nos da lo mismo la vida, no nos da lo mismo la muerte; pero las distintas celebraciones religiosas es otra cuestión.
Allá cada uno con sus creencias. Somos muy libres de creer esto o lo otro.
Con todos mis respetos.
Cayetano, gracias por tu comentario.
EliminarQue a ti la Cuaresma te dé lo mismo es una postura legítima. Pero eso no convierte en irrelevante lo que para otros sí es importante.
Este blog nunca ha sido neutro en los temas de fondo. Quienes lo visitan desde hace años saben que mis textos más reflexivos nacen de una vida de fe católica que intento vivir con coherencia. Y durante este tiempo escribiré sobre ello con naturalidad.
Para muchos, y para una gran mayoría de quienes entran aquí habitualmente, la Cuaresma no es una simple “celebración religiosa”. Es una manera concreta de revisar cómo vivimos, cómo usamos el tiempo y cómo ordenamos prioridades.
Decir que “da lo mismo” está en tu derecho. Igual que está en el mío señalar que, para muchos, no es un trámite simbólico, sino una llamada seria a ordenar la vida. Y esa revisión no pierde valor por tener raíz cristiana.
La libertad es real. Y el respeto también. En ambas direcciones.